Lyana era inocente. Y no pensaba arrastrarla a esta historia oscura, por más cicatrices que yo llevara encima. En el fondo, solo quería protegerla. Alejarla de todo esto. No mancharla. —Ya te has enamorado de ella, ¿no es cierto? —La voz de mi padrino atravesó el teléfono como un juicio silencioso—. No puedo creerlo… De todas las mujeres en el mundo, tenías que enamorarte de la hija del hombre que asesinó a tu padre. Él estaría muy decepcionado de ti si te viera ahora. —Mi papá ya está muerto —respondí con la mandíbula tensa—. Y Lyana no tuvo nada que ver con eso. Si de verdad quieres ayudarme, dime otra forma de hacer justicia sin usarla a ella como instrumento. —¿Estás seguro de que es inocente? —replicó con ese tono frío que siempre usaba cuando quería hacerme dudar—. Recuerda que en

