La sopa estaba lista. Y como si tuviera un radar en la nariz, Nicolás se despertó justo en el momento en que destapaba la olla. —¿Qué crees que haces? —inquirió con voz ronca y a modo de reproche—. ¿Quién te ha autorizado a tocar mi cocina? Rodé los ojos y me giré para verlo. Su cabello estaba un poco despeinado, su voz aún cargada de sueño y su expresión… bueno, tan arisca como siempre. —Bueno, estoy muriendo de hambre. Y tú también debes comer para poder tomar el medicamento que te dieron —respondí con absoluta calma—. A menos que quieras que te amputen el brazo y pases a ser un esclavista mocho. Nicolás me fulminó con la mirada. —Lo peor es que es el brazo derecho —continué, sin inmutarme—. Dudo mucho que puedas manejar el látigo con el izquierdo. —Tus bromas no son chistosas —re

