Apenas crucé el umbral de la habitación, sentí cómo el aire cambiaba. Era como si la atmósfera se hubiese saturado de una electricidad invisible, cargada de memorias, reproches y algo más peligroso: decisiones que ya no podrían deshacerse. Gabrielle me miró, pero no dijo nada. Sus ojos lo dijeron todo: esto no lo esperabas, ¿verdad? Y no, no lo esperaba. El teléfono estaba en el altavoz. La voz de Leonard —esa voz que alguna vez me hizo estremecer de deseo y luego me rompió por dentro— sonó nítida, cruel, inconfundible. —¿Amas a Sofía? —repitió con ese tono lleno de veneno—. ¡Qué idiota, Santoro! ¿Crees que con un par de palabras bonitas vas a hacer que olvide lo que tuvimos? Sentí el golpe como si las palabras me hubieran alcanzado físicamente. Lo que tuvimos. ¿Qué fue exactamente? ¿

