Maximiliano Fue tan dulce ver a mi Miriam, despedirse de su muñeca, que hubiera querido abrazarla y besarla, como si fuera una deidad, tocar su piel me provocaba un deseo inmenso de tenerla en mis brazos, en mi cultura, el sexo se limitaba a la reproducción, pero esta vez sentía en mi cuerpo la necesidad de tocarla, de sentirla y de hacerla mía, mía para siempre. Muy a mi pesar, me despedí de ella y salí de su habitación con Doña Leonor, que estaba muy preocupada por la salud de Doña Hipólita. — Usted me perdonará el atrevimiento, don Maximiliano, pero quisiera saber su opinión médica sobre el padecimiento de Doña Hipólita, ella y yo nos conocemos desde siempre, ya que nuestras familias descienden de las fundadoras de ésta ciudad y estoy verdaderamente preocupada por ella, me apena d

