Capítulo 3 La directora

1623 Words
Las cámaras enfocaban al escritorio, que estaba ubicado sobre una moderada tarima. Había una pequeña multitud de periodistas, sentados al frente de la alargada mesa de madera marrón. Helena Hall estaba en una de las sillas principales. Era la dueña y directora de una importante y prestigiosa editorial, en la que afamados y reconocidos escritores, así como talentos jóvenes y otros emergentes de las plataformas digitales, publicaban los libros en físico. Asistía a la presentación de uno de sus más experimentados y aclamados “best seller”. Era un señor ya con una amplia experiencia en la escritura. Estudió literatura por su amor y pasión por las letras. Sin embargo, luego tuvo la idea de fundar su empresa. En el pasado creaba sus propios mundos, pero solo se quedaron en borradores que nunca vieron la luz. En la actualidad, se dedica solo a leer novelas en su tiempo libre y los cientos de manuscritos que enviaban. Sumergirse en las historias que podían llegar a imaginar otros autores era un privilegio, así como la de reproducir esas escenas en su cabeza, como si estuviera viendo una serie o una película, era maravillosa. Sin embargo, ya hace muchos años que había dejado de escribir, y se había dedicado a la publicación, para ayudar y darle la oportunidad a otros soñadores, para que le pudieran mostrar ese gran don que tenían, y para que los lectores apreciaran ese nuevo universo, que había nacido en el intelecto de ellos. La ceremonia de presentación continuó hasta que llegó a su final. Era su pasión apoyar a los escritores, pero este tipo de eventos era por puro protocolo y a veces muy tedioso, tanto de preparar como de presenciar. No obstante, siempre estaría feliz por compartir con uno de sus autores este momento. Sin embargo, el problema no era de afuera, sino de adentro, ya que en los últimos días se había estado sintiendo apática, aburrida y en soledad, como si la monotonía de los años la hubiera alcanzado. Además, a eso le sumaba el incremento de la frecuencia de leves migrañas que solo la fastidiaban en su casa y en su trabajo. Era como si de repente hubiera perdido el ánimo de hacer las cosas, tanto a nivel laboral como en lo personal. Ya nada la sorprendía, la emocionaba o la hacía sentir viva. Al contrario, estaba cansada, desanimada y hasta le dolían algunas partes del cuerpo, como los hombros y los pies. Se había estancado y estaba por tocar fondo. Ni siquiera compartía con su hija, que era su más bello tesoro, porque era una joven universitaria, que le interesaban otros asuntos; se la pasaba con los amigos y casi no conversaba con ella. En esta etapa de su vida, a sus cuarenta y cuatro años, lo que mejor explicaba lo que estaba experimentando era la soledad y el tedio de la rutina. Helena caminó rumbo a su oficina. Su cabello castaño era liso, y lo tenía suelto; el cual estaba acomodado frente a sus hombros. Sus ojos avellana eran tapados por las gafas que usaba, para la protección de su vista, tanto para el computador como para leer. Su estatura era promedio y su complexión era gruesa. A sus cuarenta, todavía mantenía un rostro joven, que era acompañado por su carisma y por su cortesía. Tenía un aura accesible, en el que cualquiera tendría la confianza de acercarse a hablar con ella, sin necesidad de que se conocieran. Debido a su embarazo, había aumentado la talla de sus virtudes, pues gozaba de caderas más anchas, cintura angosta, glúteos redondos y firmes, y grandes senos. Poseía la forma de una cintura angosta, como a la de un reloj de arena, pero con medidas mayúsculas. Sus encantos resaltaban a la vista, pero a ella no le importaba su aspecto, ya que no tenía a nadie para quien arreglarse, ni tampoco era necesario, lo necesitaba solo para los eventos de la editorial. Los atuendos que usaba eran característicos de una oficinista: trajes de sastre oscuros, en los que a veces utilizaba faldas amplias, medias negras, y justo en este momento, llevaba puesto este último, complementado con una camisa blanca y un saco. —Buenos días, señora Helena —dijo una linda muchacha, bien presentada. Era Lexi Witt, su amable secretaria—. La presentación ha culminado sin ningún imprevisto. Felicitaciones. —Es por el trabajo de todos —respondió Helena, pero se detuvo en seco, al sentirse mareada. Además, desde que había estado en el evento había tenido un ligero dolor de cabeza, que ahora se hacía más fuerte. Se puso la mano en la frente, para que se la pasara. —¿Se encuentra bien, señora Helena? —preguntó Lexi al notar el extraño movimiento de su jefa. —No, de repente todo me dio vueltas —comentó con neutralidad y sonrió con normalidad—. Ya sabes lo que dicen: “la vejez no viene sola”. —¿Quiere que le agende una cita con el doctor Damián? —interrogó Lexi, con un gesto pícaro en su cara. Aquel hombre era un caballero, muy apuesto y rico, así como su señora, por lo que le gustaba imaginarlos como pareja—. Ya sabe, así podrá hablar con él. —Los ojos oscuros le brillaban de la emoción de provocar un romance entre ellos. Sería el cupido que hiciera que su jefa comenzara una nueva relación—. Él es tan lindo y encantador. —Deja de imaginar esas cosas —dijo Helena, suspirando con diversión ante las ocurrencias de su joven secretaria—. No estoy interesada en nada de eso. Pero, aparta la cita. Es importante hacerme los exámenes médicos. —Como ordene, mi señora —dijo Lexi, contenta—. Enseguida lo hago. —Se apresuró a ir a su escritorio. —Espera —dijo Helena, deteniendo a la enérgica chica, que resplandecía de la emoción—. La fecha de la recepción de manuscritos ya ha terminado. —Así es, los editores están revisándolos —contestó Lexi, con formalidad. —Envíame los documentos a mi correo —dijo Helena, con pasividad. Los editores eran los encargados de seleccionar las novelas con potencial para ser publicadas. Sin embargo, le generaba gusto leer la mayor cantidad de historias posibles. Reconocía el esfuerzo de cada autor y el coraje por atreverse a mandarlas. —Quiere que se los pase, para leerlos, ¿cierto? —comentó Lexi, con astucia. —Sí, por supuesto. —Ya lo hice. Sé que a usted también los lee. —Le guiñó el ojo a su jefa—. No se lo diré a los editores. Ahora, iré a agendar su cita con el atractivo doctor Damián. Helena admiraba la personalidad alegre y servicial de Lexi, porque alegraba un poco su vida en estos últimos años con las ocurrencias que tenía. Era genuina y transparente. Era una buena chica. Sonrió, negó con la cabeza. Entró a su oficina, todo estaba en calma, pero al sentarse en su silla, volvió a experimentar una molesta jaqueca. Observó la hora en su reloj de mano. Esperaba completar su día laboral con normalidad. Sin embargo, después del almuerzo se sintió agotada. Se tomó una pastilla para la migraña. Pero los ojos le pasaban y se hallaba agotada, y era solo la una de la tarde. Respiró profundo y exhaló con pesadez. Ya no tenía el mismo vigor de su juventud. Como pasaba el tiempo y ni siquiera se había dado cuenta de que estaba envejeciendo. Agarró su saco, su bolso y salió de su despacho. —Me iré a la casa, Lexi —dijo Helena, avisando a su secretaria—. Solo quiero descansar. Al terminar su frase, fue la primera vez que resonaron las campanas del destino; sonaron de manera lenta y más pausada. —No se preocupe, señora. Aquí somos conscientes de todo lo que trabaja. Usted puede reposar cuando lo desee. —Espero sea apenas por hoy —dijo Helena, con resignación. No había querido marcharse, pero la molesta situación la obligaba a ausentarse por el resto del día—. Avisa al estacionamiento, para que me traigan mi auto. Helena abandonó las instalaciones, siendo despedida de forma cariñosa por los empleados. Era querida y admirada por todos, debido a su carácter comprensivo, paciente y calmado. Eso generaba un excelente ambiente laboral en la empresa. Se subió a su coche y manejaba por la ciudad. Se detenía en los semáforos en rojo y apreciaba las calles de la ciudad desde el interior de su carro. Vio en las banquetas a los muchachos con las chicas, en el apogeo de la juventud. En esa época, el romance adolescente era cuando mayor se disfrutaba y en ese periodo era donde se manifestaba con mayor ímpetu, como un deseo desenfrenado de experimentar el amor, porque a todos nos gusta amar y ser amados. Pero su tiempo ya había pasado, y solo le faltaba envejecer para que culminara el ciclo de su vida. Había sido feliz, se había enamorado, se había casado, había tenido una hija y, a su edad, tenía un trabajo estable. Ya era una mujer realizada, a la que no le hacía falta nada. Entonces, ¿por qué su alma se sentía tan sola y vacía? Se concentró en el camino y agarró con firmeza el volante. Quizás, debía planear unas vacaciones para distraerse, porque ya estaba divagando en asuntos superfluos. No tardó en llegar a su distinguida mansión, que era de tamaño mediano. La reja fue abierta por uno de sus empleados. Antes de entrar, divisó estacionados un par de carros deportivos en la calle. Estacionó el auto en la cochera de su casa con total tranquilidad y salió del vehículo…
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