POV Antone Macclain
Una ineludible verdad
—¡Maldición! —bufé con muchísima rabia brotando de mi ser al ver como la puerta se cerraba tras de ella.
El dolor no se comparaba con la furia que gobernaba mi alma llenándome de una sed de venganza indecible. Estaba fuera de mis cabales.
Ella se había ido y me había dejado postrado de rodillas, sometido ante el intenso dolor; el de mis bolas maltratadas y el de mi ego herido.
Su fragancia había quedado impregnada en mi piel después de ese beso y sin saberlo me estaba haciendo temblar.
Como pude me recompuse y me senté en la cama de esa habitación privada para tratar de analizar lo que acababa de suceder. Yo no había actuado en mis cabales ni había sido racional; muy pocas veces me había descubierto abandonando mi natural meticulosidad para cometer una locura como esa, pero esa noche había sido absolutamente descabellado mi accionar.
A Rosylyn yo no solo la odiaba por ser la mujer con quien tuve que casarme obligado por ese maldito acuerdo, sino que despreciaba también su mojigatería y su insoportable perfección.
Yo no soportaba verla siendo el vivo reflejo de mi madre, quien también era la esposa perfecta, dulce, leal, calmada y comprensiva; su sola presencia me recordaba a ella y me hacía sentir repulsión. Mi madre también había sido una esposa perfecta que sufrió el oprobio de un esposo desleal y por eso al final no soportó el dolor y nos abandonó sin aviso.
Quizás Rosylyn no tenía la culpa de nada de eso, pero en mi dolor yo le había convertido a ella en el chivo expiatorio perfecto para drenar ese incontenible dolor que me acompañó desde mi niñez, sin embargo, al verla en esa cercanía con ese tipo, algo cambió dentro de mí; algo que me cambió en cuestión de segundos, pero yo no sabía qué.
Como pude logré recomponerme para volver a la estancia principal del club.
La noche aún era joven y se suponía que yo había ido a divertirme, pero de pronto no tenía intenciones de hacer nada más. Solo quería irme.
Baje la escalera y me encaminé a la puerta, atravesando de nuevo la pista de baile cuando me la crucé.
Jules me sonrió con una enigmática mirada de seducción, atravesándome sin compasión. Ella era una leona en su elemento que parecía de pronto dispuesta a dejarse cazar.
En otro momento me hubiese regodeado en mi triunfo, pero ahora algo había cambiado por completo dentro de mí.
—Qué sorpresa cruzarnos también aquí, señor Macclain —me dijo ella, acercándose a mi odio para hacerse escuchar por encima de la música, pero aprovechando al mismo tiempo para que aquello se tornara hacia un punto de mayor cercanía.
Yo asentí, pero por más que lo intenté no pude sonreír; el Antone que disfrutaba de ese poderío para atraer a cualquier mujer que se le antojase, ahora se había diezmado ante una nueva realidad: Rosylyn me había rechazado. El verla cerca de ese otro infeliz era una imagen que no se me salía de la cabeza.
—Me habría encantado que fuese en otras circunstancias —le respondí de vuelta sin poder disimular la decepción en mi gesto—. Ahora mismo ya me iba.
—¿Te vas? ¿Tan temprano? —esa Jules, comedida, metódica y formal de la oficina, había dado paso a una personalidad completamente diferente; mucho más frontal y directa—… pensé que tal vez pudiésemos compartir un par de tragos para celebrar, Antone —me ofreció, pero ni así logró conminar mi interés que para ese punto no podía dejar de estar entregado a los celos que Rosylyn me hizo sentir.
—Lo siento Jules, tal vez en otra ocasión.
La pelirroja se extrañó indudablemente, pero sin dar espacio a la derrota, ella se retiró antes de que el asunto pudiese tornarse incómodo.
—En otra ocasión, entonces —sentenció antes de acercarse para besarme en la mejilla.
Sus labios rojos se acercaron peligrosamente a mi boca, llegando a rozar la comisura de mis labios, pero dejándolo ver como una casualidad.
Yo la miré y asentí con una leve sonrisa, entonces me despedí y salí de ahí.
En cuestión de minutos llegué a la casa y lo siguiente que hice fue algo que nunca antes en esos tres años me había pasado por la cabeza.
Cuando reaccioné ya estaba frente a la habitación de ella, con mi mano sobre el pomo y con toda la intención del mundo de visitar esa habitación por primera vez.
Mi confusión era insondable. Muchas cosas dependían de ese divorcio, para el cual tanto había trabajado al lado de Jules y sabía también que todo debía permanecer igual si es que quería que todo fuese perfecto, pero no podía ignorar esas malditas ganas de confrontar a Ros.
Quería verla a los ojos para que me dijera que era yo al hombre al que deseaba; que me viera a los ojos cuando me dijera que no había ningún otro hombre en su vida. Yo no la amaba, de eso no me quedaban dudas, pero la sola idea de que ella pudiese estar pensando en otro que no fuese yo, me hacía hervir la sangre.
Nunca antes de todo eso había sabido lo que era sentir celos por nada ni por nadie y por eso no podía entender lo que estaba viviendo.
Como pude me obligué a retirar la mano del pomo de esa puerta para irme a mi lugar.
Entré a mi habitación y comencé a romperlo todo.
Era una estupidez de mi parte, pero solo así podía drenar esa ira que me contenía en ese estado de irracionalidad.
Rosylyn dormía plácidamente en su recámara mientras yo me encontraba viviendo en mi propio infierno; una pesadilla insondable.
Entonces, luego de quebrar el espejo y romper un par de lámparas, me dejé caer sobre la cama y lo entendí todo.
Lo que me estaba pasando no era un simple berrinche; no era un simple capricho de protestar porque sí. Había una razón.
La cercanía de ese otro sujeto me hizo entender algo que me había negado a entender.
Cerré los ojos con fuerza y la idea estuvo completamente clara en mi cabeza como nunca antes lo había estado: a Rosylyn Foster yo la quería para mí.