Haber sido desterrado era peor que haber sido condenado a muerte.
Los lobos me observaban con desconfianza, con desprecio, y los entendía, porque yo ya no pertenecía a su manada.
Ahora era un lobo solitario, sin respaldo, sin hogar.
—Debes irte pronto.
Me giré hacia la voz de mi padre y le dediqué una mirada suspicaz.
—Lo haré, solo quiero despedirme de mi madre —respondí.
El Alfa se acercó más a mí y me obligó a mirarlo. Sus ojos parecían fríos e impenetrables, como si nada pudiera afectarlo.
—Antes de partir quiero que sepas algo —susurró—. La loba del sur fue ejecutada.
Sentí que el mundo se detenía.
Durante un segundo pensé que había escuchado mal. Que mi mente, agotada por el encierro y el juicio, estaba jugando conmigo.
No podía ser cierto.
—¿Qué…?
Mi padre no apartó la mirada mientras mi pregunta flotaba en el aire.
—Intentó huir cuando la manada del sur descubrió su traición —explicó con frialdad—. No llegó muy lejos. La capturaron en la frontera y su Alfa la ejecutó.
Las palabras atravesaron mi pecho como una espada.
Nalire.
Su rostro apareció en mi mente con una claridad insoportable. Su risa entre los árboles. Sus manos sobre mi pecho. Sus ojos cuando me dijo que estaba dispuesta a dar su vida por mí.
Y ahora…
Muerta.
El aire se volvió pesado en mis pulmones y tuve que apretar los puños para mantenerme en pie.
—No —murmuré—. Ella no puede…
Mi padre no dijo nada más. Simplemente me observó, esperando que reaccionara como el lobo que él había criado.
Fuerte, impenetrable, con un corazón de piedra.
Pero ese lobo ya no existía.
En algún momento había cambiado. Y todo había comenzado el día en que entendí que estaba enamorado de Nalire.
Ella me había cambiado.
—Ya no tienes motivos para mirar atrás —continuó finalmente—. La manada ha decidido perdonarte la vida. No desperdicies esa oportunidad y comienza de cero en otro sitio lejos del pantano.
Mis manos temblaban, pero no levanté la mirada.
Si Nalire estaba muerta…
Entonces nuestro hijo también.
Todo había terminado para nosotros.
—Vete antes de que cambie de opinión —añadió el Alfa.
No dijo nada más cuando levanté la cabeza para mirarlo. Simplemente se dio media vuelta y se marchó, como si sus palabras no acabaran de destruirlo todo dentro de mí.
Lo observé desaparecer entre los lobos que se habían reunido para presenciar mi caída.
El silencio que dejó detrás era más pesado que cualquier condena.
De pronto, el crujido de unos pasos suaves me hizo girar la cabeza.
Mi madre se acercaba desde el borde del patio. Su expresión estaba marcada por la preocupación… y por algo más que no supe nombrar.
Cuando llegó frente a mí, alzó una mano y tocó mi mejilla con cuidado.
—Remus…
No respondí.
No estaba seguro de poder hacerlo sin romperme.
Ella suspiró.
—Tu padre cree que esto es lo mejor para la manada —murmuró—. Pero yo sé que para ti es una sentencia injusta.
Una risa amarga escapó de mis labios.
—Nalire está muerta —dije con la voz ronca—. ¿Qué más podría quitarme este lugar?
Los ojos de mi madre se oscurecieron por un instante, pero no respondió a mis palabras.
En cambio, miró alrededor para asegurarse de que nadie nos estuviera escuchando y luego se inclinó un poco hacia mí.
—Escúchame con atención —susurró—. Cuando abandones el territorio, sigue el río hacia el oeste durante tres días. Llegarás a los límites del pantano.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué…?
Dejé la pregunta a medias cuando ella me hizo callar con un gesto.
—Busca a una loba llamada Serena —continuó—. Es una vieja aliada de nuestra familia… aunque tu padre preferiría que nadie lo recordara, porque fue desterrada hace años.
—Madre, yo…
Sus dedos se cerraron alrededor de mi mano.
—Ella sabrá qué hacer contigo —suspiró—. Obedece a tu madre.
—¿Pero por qué me ayudaría?
—Porque una vez le salvé la vida —respondió con calma—. Y porque aún existen lobos que creen que el destino no siempre está del lado de los Alfas.
Guardé silencio.
El viento agitó las ramas del bosque y por un momento pensé escuchar un aullido lejano.
—No confíes en nadie durante el camino —añadió mi madre—. Un lobo desterrado es presa fácil.
—Gracias, madre.
Un nudo se instaló en mi garganta al verla tan afectada por mi partida.
—Siempre serás mi hijo, Remus —sus ojos se humedecieron ligeramente.
Sentí que algo dentro de mi pecho se quebraba. Respirar dolía como nunca antes.
La abracé con fuerza.
—Voy a estar bien.
Ella me sostuvo un momento más, como si intentara memorizar ese instante.
Luego se apartó.
—Vete antes de que salga el sol —susurró—. Cuando la luz toque el bosque, ya no podrás volver.
Asentí.
Di un último vistazo al territorio donde había crecido.
A los árboles, a las casas, a la manada que una vez había sido mi hogar.
Y luego crucé la frontera.
Sin mirar atrás.