El dolor comenzó justo al caer la noche.
Al principio fue apenas una presión leve en el vientre bajo, un tirón incómodo que me obligó a detenerme mientras caminaba por el sendero embarrado.
Respiré hondo.
Había pasado meses huyendo, moviéndome de un lugar a otro, evitando asentamientos de lobos y territorios de manada. Aprendí a mezclar mi olor con el de los humanos, a caminar entre ellos sin levantar sospechas.
Pero esa noche supe que ya no podía seguir avanzando.
Otro espasmo atravesó mi cuerpo. Más fuerte esta vez.
Me apoyé contra el tronco de un árbol mientras el aire nocturno rozaba mi piel.
El bebé se movió inquieto en mi vientre.
—Ya lo sé… —susurré con dificultad—. Ya lo sé. Quieres salir al mundo real.
El dolor regresó, pero mucho más intenso.
Un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.
No podía parir sola.
Miré a mi alrededor, desesperada. Entre los árboles, a lo lejos, vi una pequeña luz parpadeante en medio de la oscuridad.
Una casa.
Caminé hacia ella como pude, tambaleándome entre las raíces y el barro mientras el dolor se volvía cada vez más profundo.
Cuando llegué a la puerta, golpeé con las últimas fuerzas que me quedaban.
Un instante después, la puerta se abrió y una mujer mayor apareció en el umbral. Su cabello gris caía en una larga trenza sobre su hombro y sus ojos oscuros me recorrieron con rapidez.
—Por favor… —logré decir—. Mi hijo está por nacer.
Otro espasmo me dobló el cuerpo y mi respiración comenzó a agitarse más por el esfuerzo.
La mujer no necesitó escuchar más.
—Entra —ordenó con voz firme.
Sus manos me sostuvieron mientras me guiaba hacia el interior de la pequeña casa.
El lugar era cálido. Olía a hierbas secas, humo y tierra.
—Acuéstate aquí.
Me ayudó a recostarme sobre una cama sencilla cubierta con mantas gruesas.
Sus manos se movían con seguridad mientras preparaba agua caliente y algunas plantas que colgaban del techo.
—Tranquila —murmuró—. He ayudado a traer muchos niños al mundo.
Intenté respirar como ella me indicaba, pero el dolor volvía en oleadas cada vez más intensas.
Sentí como si hubieran pasado horas.
La luna se elevó lentamente en el cielo y cuando el momento llegó, un resplandor rojizo comenzó a filtrarse por la ventana.
La mujer levantó la mirada hacia el cielo.
—Luna roja… —murmuró.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
El dolor explotó dentro de mí con una fuerza que me arrancó un grito.
—Ahora —dijo la mujer—. Puja.
Mis dedos se aferraron a las mantas mientras obedecía.
El mundo se redujo a respiraciones cortas, sudor y fuego en mi vientre.
—Otra vez.
Pujé.
El latido del bebé resonaba en mis oídos como un tambor.
—Una vez más.
El grito escapó de mi garganta cuando finalmente sentí el peso abandonar mi cuerpo.
Entonces lo escuché.
El llanto de mi hijo.
El sonido más hermoso que había escuchado en toda mi vida.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas mientras la mujer levantaba al pequeño.
Por un instante guardó silencio. Sus ojos se estrecharon con atención y luego me miró.
—No es un niño cualquiera —aseguró.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué…?
Ella envolvió al bebé en una manta y lo colocó suavemente en mis brazos.
Cuando miré su pequeño rostro, todo el dolor desapareció. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era tranquila.
Pero su corazón latía fuerte, demasiado fuerte.
Como el de un lobo.
La mujer suspiró lentamente.
—He vivido muchos años —dijo—. Y he visto cosas que otros no ven —sus ojos se posaron en el niño—. Este pequeño no es humano.
Sentí que el mundo se detenía.
—Es… como yo —susurré.
La mujer asintió.
—Un hombre lobo.
El silencio llenó la habitación.
Esperé su rechazo, pero la mujer solo sonrió con suavidad.
—No te preocupes, niña —se acercó a la ventana, observando la luna roja que dominaba el cielo—. Los humanos temen muchas cosas que no comprenden.
—No debe temernos —aseguré—. Estoy en deuda con usted, no podría hacerle daño.
Volvió a mirarme.
—Yo no soy como ellos —sus ojos se suavizaron al mirar al niño—. Pueden quedarse aquí.
El alivio llegó hasta lo más profundo de mi corazón.
—¿De verdad?
—Tengo espacio —dijo con naturalidad—. Y nadie viene a esta parte de la ciudad. Además, ese pequeño necesitará protección.
Mis brazos rodearon al bebé con fuerza.
—Su nombre es Gamaliel.
La mujer inclinó la cabeza.
—Un nombre fuerte.
En ese momento, el bebé abrió los ojos y por un instante juraría que reflejaron el brillo rojo de la luna.
A lo lejos, en lo profundo del pantano y de las manadas, los lobos comenzaron a aullar. Aullidos que se respondían entre sí a través de la noche, aunque ninguno pudiera verse entre la espesa niebla.
En otra parte del mundo, muy lejos de Nalire y su bebé, un Alfa se llevó una mano al pecho.
Un dolor repentino atravesó su corazón. Algo había cambiado, algo que no podía explicar.
Y en lo profundo del bosque, donde las sombras eran más densas, una figura anciana levantó la vista hacia la luna roja.
La vieja bruja sonrió.
—Ha nacido… —su voz salió apenas en un susurro entre los árboles—. El que romperá los tronos.