El viaje de regreso al norte fue largo.
Demasiado largo.
Mis patas apenas sentían el suelo bajo ellas mientras los lobos de la manada del sur me escoltaban entre los árboles. No necesitaban encadenarme, pues sabían que no tenía intención de huir.
No mientras Nalire estuviera allí.
Cada paso que daba alejándome de su territorio era una punzada en el pecho.
No sabía qué harían con ella cuando descubrieran la verdad. No sabía si la bruja había logrado detenerlos… o si simplemente había retrasado lo inevitable.
Pero había algo que tenía claro.
Había cruzado la frontera.
Había desafiado a dos manadas.
Y ahora pagaría el precio.
El aroma de mi territorio llegó mucho antes de que pudiéramos verlo. El olor de los pinos, de la tierra húmeda y de los lobos que habían crecido conmigo.
Hogar.
Pero nunca se había sentido tan lejano.
Cuando cruzamos el límite de la manada, los murmullos comenzaron.
Los lobos salían de las casas y del bosque, observándonos pasar. Sus miradas recorrían mi cuerpo con una mezcla de sorpresa, curiosidad y algo más oscuro.
Desprecio.
Después de todo, era un traidor. Había roto las reglas por una loba de la manada enemiga y ahora regresaba escoltado por lobos enemigos.
No había forma de ocultar lo que eso significaba.
Uno de los lobos del sur me empujó con el hocico.
—Camina.
No respondí, solo obedecí.
Seguí avanzando hasta que la casa principal apareció frente a nosotros.
Mi padre ya estaba esperando en la entrada.
El Alfa del norte permanecía de pie frente a la entrada, con los brazos cruzados y la mirada fría clavada en mí. A su lado estaba Maya.
Y detrás de ellos… mi madre.
El silencio se extendió por el patio mientras todos los presentes observaban la escena.
Uno de los lobos que me había escoltado dio un paso al frente.
—Alfa de la manada del norte —dijo con voz firme—. Encontramos a tu hijo dentro de nuestro territorio.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Mi padre no apartó los ojos de mí.
—¿Es cierto, Remus?
Su voz era baja y controlada. Pero lo conocía lo suficiente como para saber que bajo aquella calma se escondía una tormenta.
—Sí —respondí.
Los murmullos crecieron entre los lobos que nos rodeaban.
—No solo cruzó la frontera —continuó el lobo del sur—. También intentó impedir que capturáramos a una de nuestras lobas.
El silencio regresó.
Más pesado que antes.
La mandíbula de mi padre se tensó y mis orejas se irguieron de inmediato, alertas.
—¿Una loba del sur? —repitió—. ¿Estás defendiendo a la manada enemiga? —preguntó con frialdad.
Le sostuve la mirada.
—Estoy defendiendo a alguien que no tiene nada que ver con esta guerra.
El golpe llegó tan rápido que apenas lo vi venir.
La mano de mi padre chocó contra mi rostro con una fuerza brutal.
El sabor metálico de la sangre llenó mi boca y la humillación pública se hizo presente con un silencio sepulcral.
Nadie se movió.
Nadie se atrevió a intervenir.
—¡Eres mi heredero! —rugió el Alfa—. ¡Y has traicionado a tu propia manada!
Mi padre respiraba con dificultad mientras me observaba, como si estuviera intentando decidir si me reconocía o no.
—Enciérrenlo —ordenó finalmente.
Dos lobos se acercaron y me sujetaron por los brazos.
No me resistí.
Mientras me arrastraban hacia la parte trasera de la casa principal, alcancé a ver el rostro de Maya.
No había burla en su mirada, solo algo que no supe descifrar.
Tal vez compasión.
O tal vez decepción.
Los lobos me empujaron a una celda solitaria, la cual estaba bajo tierra.
Un espacio pequeño de piedra húmeda donde apenas entraba la luz.
La puerta de hierro se cerró tras de mí con un golpe seco.
Por primera vez desde que todo había comenzado, me quedé completamente solo. Me dejé caer contra la pared, apoyando la cabeza hacia atrás.
El silencio del lugar era pesado, pero no tanto como mis pensamientos.
Nalire.
Su rostro apareció en mi mente con una claridad insoportable.
Sus lágrimas.
Su miedo.
Y el sonido de aquel pequeño latido.
Mi hijo.
Pasé una mano por mi rostro con frustración, pues no sabía cómo iba a salir de aquello.
Pero sabía algo con absoluta certeza: no iba a abandonarlos.
El chirrido de la puerta me hizo levantar la cabeza. Una figura apareció en el umbral.
Mi madre.
Cerró la puerta detrás de ella antes de acercarse lentamente.
—Remus…
Su voz era suave, pero estaba cargada de preocupación. Se detuvo frente a mí, observando mi rostro con atención.
—¿Qué has hecho?
No respondí.
—La manada está hablando de esto —continuó—. Nadie puede creer que hayas cruzado la frontera por una loba del sur.
—Lo hice.
—¿Por qué?
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
Sabía que podía mentir, que podía inventar cualquier excusa.
Pero no tenía fuerzas para hacerlo.
—Porque ella me importa más que las reglas de esta guerra.
Los ojos de mi madre se endurecieron.
—¿Una loba del sur? —cerró los ojos por un instante antes de volver a mirarme—. Remus… escucha con atención lo que voy a decirte. Todavía puedes arreglar esto.
Observé a mi madre con incredulidad y luego me interesé por lo que tuviera para proponerme.
—¿Cómo?
—Aceptando tu lugar —su voz era firme ahora—. Cásate con Maya. Sella la alianza que tu padre ha preparado. Demuestra a la manada que sigues siendo digno de convertirte en Alfa.
Negué con la cabeza.
—No.
El silencio cayó entre nosotros.
—Remus…
—No voy a hacerlo, madre —afirmé.
—¿Vas a destruir tu vida por una loba enemiga?
La pregunta me hizo reír sin humor.
—No estoy destruyendo mi vida.
Mi madre abrió la boca para responder, pero el sonido de la puerta interrumpió cualquier palabra.
Se abrió con un golpe seco.
Mi padre entró, llenando la pequeña celda con su sola presencia.
Mi madre dio un paso atrás, con resignación.
—Déjanos a solas —ordenó él.
Ella dudó un momento, pero luego salió sin decir nada y la puerta volvió a cerrarse.
Mi padre se quedó observándome en silencio durante varios segundos.
—He escuchado suficientes rumores esta noche —cruzó las manos detrás de la espalda—. Dime la verdad, Remus.
Su mirada era penetrante y yo guardé silencio.
—¿Qué estabas haciendo en territorio enemigo? —insistió.
Respiré hondo.
Podía seguir mintiendo.
Podía intentar salvarme.
Pero eso significaría arrastrar a Nalire conmigo.
Y no iba a hacerlo.
—Estaba protegiendo a alguien.
Los ojos de mi padre se oscurecieron.
—Entonces es cierto —se acercó un paso—. Mi heredero se ha convertido en un traidor.
El peso de esas palabras cayó sobre mis hombros como un balde de agua fría, pero no bajé la mirada.
—No soy un traidor.
—Cruzaste la frontera.
—Porque era necesario —repliqué.
El Alfa me observó con una frialdad que nunca había visto en él.
—No entiendes lo que has hecho, Remus —su voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso—. Has puesto en riesgo la estabilidad de esta manada —se detuvo frente a la puerta de la celda—. Y un Alfa no puede permitirse eso.
—¿Qué pasará conmigo? —pregunté.
Mi padre giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—El consejo se reunirá al amanecer.
Mi estómago se tensó, porque sabía lo que eso significaba.
—¿Cuál será su decisión?
Mi padre no dudó.
—La misma que tomaría cualquier manada frente a la traición —negó con la cabeza—. Serás condenado a muerte.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No sentí miedo.
Solo una calma extraña, porque en ese momento entendí algo.
Si moría, Nalire y mi hijo estarían libres de mí y de mi legado, porque aún nadie conocía el secreto mayor: que ella estaba embarazada de mí.
Mi padre abrió la puerta para marcharse, pero antes de salir, una voz se deslizó por la celda.
Un susurro suave, pero claro.
—No es su hora.
Mi padre se detuvo.
Yo también.
Nadie estaba en el pasillo, pero su presencia llenó el lugar como una sombra.
Era la vieja bruja.
—La sangre del heredero aún debe caminar entre los hombres —susurró la voz—. Porque el destino de las manadas aún no ha nacido.
El silencio regresó.
Mi padre cerró la puerta sin decir nada, pero supe que él había escuchado lo mismo que yo.
Y por primera vez desde que todo había comenzado sentí que algo más grande que nosotros estaba moviendo las piezas de nuestro destino.