Me levanto de mi lugar dejando el puro en la mesa. Me acerco a ella mirándola sonreírme, pero su hermosa sonrisa comienza a volverse una mueca. Una mueca que comienza a tornarse desagradable, imposible de ver para mí, no por lo grotesco, sino porque deseo recordarla con su sonrisa, su elegancia al mirarme, al levantar el mentón cuando me hablaba. «No así» Me acerco apretando mis dientes con fuerza para no llorarle a quien me deseó muerto durante toda mi vida. Veo en sus piernas cruzadas, una grabadora que estuvo todo este tiempo grabando nuestra conversación, frunzo mi rostro al ver al lado de esta, una nota que comienzo. Está firmada con su letra y aun en medio de todo el dolor, sonrío por lo escrito. “He sido yo, Débora West, quien se ha entregado a su vieja amiga, la muerte. Prohibi

