Superioridad.
Me mantuve firme dirigiendoles una mirada congelada. Con precaución me concentre en ver el aspecto de él, era casi imposible no dirigir mi atención hacia la única persona que estaba en el trono de todos modos. Sus ojos azulados eran como dos iceberg, eran severos y de algún modo te transmitían una sensación de poder, esa mirada no tenía inocencia alguna, y realmente que era de ese tipo de superioridad que te hacían poner de los nervios. Capaz era por qué su trono estaba en lo alto y él se mantenía mirandome desde abajo con desprecio, pero mi humor había empeorado todavía más... y eso era mucho decir.
Su tez era algo morena, como si unos rayos de sol lo hubieran besado, me recordaba a dos personas que odio, eso era un punto todavía más en contra. Definitivamente no pasaba los 12 años, o eso creo, admito que mi sentido en estas cosas no son acertadas en lo más mínimo. ¡Esto podría ser p*******a! ¿Acaso la diosa de este chico no le pudo poner otro mate... Más infante?
Con un rápido movimiento rompí mis cadenas, era una fortuna que la sangre de aquel Guardia me haya ayudado tanto. Note como su mano, que yacia en los apoya brazos de su trono, se apretaban, y como el hombre de a su costado, abría los ojos desmesuradamente. Estaría mirándome desde abajo cual humano a una cucaracha, pero no me tendría a su merced con las cadenas.
La indiferencia seguía en mi rostro conforme decidí continuar. Shesta estaba en rotunda negación, me taladraba la cabeza provocandome dolor para que no lo hiciera. Ella estaba mucho más débil que yo, definitivamente la podía controlar.
— ¿Por qué tan callada? Por lo que recuerde, así no estabas hacía unos momentos — Me fijé que su voz era dura, enojada y con resentimiento. No mostre reacción... pensandolo bien, si lo rechazaba me tendría que ir rápidamente, y yo todavía tenía asuntos que resolver en este sitio, más bien... cosas por recuperar.
Me quedé callada, no por miedo, si no por inteligencia; iba a permanecer en voto de silencio hasta que recupere mi preciado diamante, de otra forma, mi boca dispararía más de lo deseado y eso no era de mi conveniencia en lo absoluto, ser imprudente podría ser el mayor de mis pecados. Mi boca se mantenía abierta cuanto ella deseará, no obedecía órdenes de mi cabeza así que en cualquier momento podría decir palabras que en determinado momento harían que mi estadía en el palacio fuera casi nula.
Me mantuve tranquila, mientras veía que en su cara comenzaba a formar una mueca de desagrado al verse ignorado. Detestaba admitir que Shesta estaba ridículamente rendida a sus pies.
No sabía que harían conmigo, y mucho menos que es lo que esperaba él que sucediera. Aunque fuera a lastimar a Shesta y me destruyera a mi... Lo iba a rechazar.
Me contraje de frustración al notar que lo último había sonado más una pregunta que una afirmación. No podía evitarlo, dolía, y mucho; tanto, que me cuesta creer que mis piernas puedan soportar mi peso y que mis ojos no esten lagrimosos, porque esto era una agonía desde el fondo de mi corazón, pero tenía que superarlo... No había otra forma.
No deje de desafiar con la mirada al chico que se encontraba delante mio
¿Como era posible que el fuera el rey de los licantropos? Un pequeño choque fue lo que me despertó de mi ignorancia, sabía que por el exterior seguía calmada, pero por dentro me habia dado cuenta de algo que sólo me hundía en satisfacción falsa. La única manera en que este chico pueda ser rey tan pronto, es que Merlía y Tobías hayan muerto.
Algo dentro mío se paralizo. Mi mente se quedó en blanco tan rápido como una hoja contra un borrador. Mis pies eran lo único que me mantenía en la realidad. No deje de ver a aquel chico. Sus ojos como dos mares congelados de frialdad podrían verse parecidos a los de su madre por el pigmento, pero en el fondo estos no eran los mismos cálidos ojos que me mandaban al infierno y me hacían renacer al mismo tiempo años antes, su color de piel era moreno al igual que de su padre y por último, y no menos importante, su color de cabello era igual que el de su madre, del mismo color de los cabellos que yo me había pasado noches enteras peinando y acariciando.
Este chico no concordaba para nada con la figura de un varón de su edad. Sus ojos eran fríos y calculadores, mantenía su mentón en alto con superioridad, que no servía conmigo, pero igualmente lo seguía haciendo, su voz y palabras eran tan secas y duras como las tierras de un desierto. No podía evitar imaginarme a Tobías frente mío, fue la situación más detestable que pudo haberse cruzado por mi cabeza.
Mire al hombre de su lado. No lo recordaba de nada y eso no me traía calma en ningún aspecto. El hombre no sobrepasaba los 30 años en aspecto, como mucho le daría unos 27... Pero claro que sólo físicamente, ya que tenemos que considerar que no estamos hablando de humanos, si no de una r**a de perros que puede estar decadas y seguir con el mismo aspecto de 20 años humanos. No significaba que ellos fueran inmortales, solo que ellos envejecian mucho menos rápido que los seres humanos.
El aspecto físico no era lo que me llamaba la atención en alguien, pero no podía ignorar su apariencia tan estética. Note cierto enojo muy bien escondido en los ojos del rey cuando vio la dirección de mis ojos. Eso pudo haber sido producto mío, o una de las leves fantasías de la mujer que yacía en mi interior.
Con indiferencia volví a fijar mi mirada en la suya. Mi corazón se encogió, no tiene idea de lo que sufrirá... No tengo idea de lo que voy yo a sufrir en silencio. Me va a odiar... Si es que ahora no lo hace.
Deseche todas esas ideas, este chico me odiaba, no podía sentir celos. Cansada de tanto silencio hable en señas. No iba a utilizar mi voz si con eso destruiría todo lo que tengo planeado. Uno de mis peligros era mi lengua, tan afilada como un cuchillo.
"¿A que me trajiste aquí?" Forme. Su cara era de entendimiento, mi método estaba funcionando.
— Aclaremos las cosas; Tú serás mi Luna quieras o no. Te quedarás aquí.
Con total fastidio escondido, quise irme de ahí inmediatamente. ¿En serio quería mandarme? ¡Era sólo un crío! ¿Querer o no? ¿Era una esclava? Mi metáfora de ponerme grilletes en los tobillos no pudo haber estado más acertada. El chico parecía querer sufrir, es lo único que saldrá de esto, sufrimiento, y todo porque a una maldita Diosa se le ocurrió crear parejas eternas para sus hijos.

"No vine aquí para que un niño pretenda mandarme. Cuando consiga lo que quiera, me marchare, y ni tu ni tus guardias de juguete podrán detenerme. " En respuesta solo vi como él se levantaba de su trono y con paso normal se dirigía hacia mí. Muchas cosas sucedían a la vez, tanto que por un momento me confundí y creí sentir sus latidos acelerar, como si su corazón estuviera con el mío, sincronizados.
No se encontraba a mi altura pero igualmente levantó su mano y me dio una bofetada, bastante leve pero que igualmente me enfurecia. ¡Esto era lo último que iba a sorportar! No necesito y tampoco quiero quedarme más quieta.
Con todo mi enojo pero manteniendo todavía mi cara serena, tome su mano y la estire a mi dirección, haciendo que casi se caiga, y la puse detrás de su espalda. Movia su brazo y le rompería los huesos. Estabamos perdiendo el control del juego con tanta fluidez que parecía planeado.