[ADRIEN] El jet ya está en movimiento cuando finalmente me permito relajar los hombros contra el asiento. El despegue siempre tiene algo casi ceremonial, incluso cuando uno está acostumbrado a él. El rugido de los motores se convierte poco a poco en un murmullo estable, el suelo desaparece bajo las alas y la ciudad se reduce a una red ordenada de calles y luces que se alejan con una calma engañosa. El interior del avión es amplio y silencioso. Mi abuelo siempre insistió en que los viajes de negocios debían sentirse como una extensión natural del despacho: espacios abiertos, madera clara, cuero suave, iluminación cálida. Nada que recuerde a un transporte comercial. Todo diseñado para que la mente siga funcionando con precisión. Sin embargo, incluso un jet privado sigue siendo un espacio

