Capítulo 15

2124 Words
Las lágrimas se me acumulaban en los ojos mientras me movía entre las personas que estaban en la casa, jamás había visto tantas personas en esta casa. Estaba en busca de mi mejor amigo, pero no lo encontraba por ningún lado. Me alise el vestido n***o que me había prestado Carly para la ocasión. La verdad era que odiaba los vestidos, pero no proteste cuando ella me obligo a ponérmelo. Me sentía tan mal, no solo por la muerte de Sam, sino porque no estuve al lado de mi mejor amigo cuando pasó. Me sentía la peor persona del mundo. Subí las escaleras y caminé hasta su habitación, pero no estaba allí. Lo busque por toda la casa y entonces se me ocurrió el lugar donde podía estar. Volví a la primera planta de la casa y fui directo al jardín, hasta la parte de atrás, había un columpio donde Sam solía estar cuando salía al jardín. Él estaba allí, aunque no estaba solo, sentí como la rabia mezclada con la tristeza se apoderaba de mi cuerpo. Respiré hondo unas cuantas veces y decidí ir hasta él. –Alex–lo llame, él levanto su cabeza, cuando vi sus ojos ya no pude aguantar las lágrimas, mi mejor amigo se puso de pie, abrí mis brazos para él. Y lo abrace. Sentía sus lágrimas en mi cuello. Nos quedamos así por mucho rato. Él no dijo nada y yo tampoco lo hice. Me olvide que Jess estaba aquí por un rato, olvide el enojo que tenía y me centre solo en hacerlo sentir mejor a él. Cuando tiempo después él se alejó de mí, levante mi mirada para verlo. Su cara hizo que se me rompiera el corazón, sus ojos rojos y la mirada perdida me destrozaban por dentro, le limpie las lágrimas de las mejillas con mis dedos. –Lo siento, lo siento tanto Alex–susurré, él asintió lentamente y volví abrazarlo. …………. El entierro pudo a ver sido la cosa más triste que había podido presencial, los tres: Alex, Alec y Ángel, estaban tan triste, creo que no había consuelo alguno para ellos. Todos los familiares de Samantha y Ángel que yo conocía estaban aquí, hasta Drake, que por alguna razón no dejaba de mirarme, se le veía muy triste. Me quede en silencio como el resto de todas las personas mientras enteraban a Sam, con una orquesta de violinista. Pensé en cuando murieron mis padres, en lo mal que yo me sentía, en lo destrozada que estaba, aunque siendo solo una niña no sabía qué hacer y tampoco tenía a nadie que me consolara en estos momentos, le tomé la mano a mi mejor amigo que estaba a mi lado, ambos jugamos con nuestros dedos por un momento. Cuando Ángel tuvo que pararse a decir unas palabras, se derrumbó literalmente. En medio del discurso se le atragantaron las palabras en la garganta y no pudo llegar a decir nada. Cuando volvimos a la casa ya solo quedaban los familiares, no pude estar con Alex ni un solo momento que Jess no estuviera ahí, y me comencé a enojar de que estuviera siempre entre nosotros. –La odio–susurro Carly, la mire por el rabillo del ojo. – ¿Qué? – negué con la cabeza y volví a mirar a mi amigo que estaba sentado con Jess en uno de los sofás de la sala–es una mosquita muerta, se hace pasar por buena persona, pero no lo es. –Para mí es buena persona, parece preocuparse bastante por él y eso es lo que importa. –¡Ah! –bufo mi amiga –es una idiota y se está metiendo con lo que es tuyo –dijo mirando la misma escena que yo. La rabia volvió aparecer cuando ella le cogía de la mano. –Pero ¿qué dices? –hable entrecerrando los ojos. Apreté el vaso que tenía en las manos. Estaba enojada de eso no había duda. –No te hagas la idiota, Lau. Al llegar la noche Ángel desapareció por completo. Alec ni quien lo veía y Alex salió al jardín con Jess, Carly hacia un rato que se había ido y los invitados desaparecieron en sus habitaciones. Y entonces, estaba yo, sola en la cocina bebiendo café. El día había sido horripilante, ver las caras de las personas que quería tan triste me hacía pensar que si mi cara era así cuando me di cuenta qué había perdido a mis padres. En todo el día no deje de pensar en eso, intentado encontrar recuerdos de aquel fatídico día, de cuando me dieron la noticia, la señora que me miro con cara de tristeza y pena. Cuando me cansé de darme lastima yo misma me fui de la cocina, entre a la sala de estar y me encontré con el gemelo malvado, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá. No sé qué se me paso por la cabeza, pero fui directico hasta él, me senté a su lado. Él me miro de reojo, pero no dijo nada. Yo dude en si tenía que decir algo. Pero al final hable. – ¿Cómo te encuentras? – no pensé que me iba a responder, lo hizo y tampoco me imaginaba que lo iba hacer amablemente. El mundo giro de una forma extraña en ese momento. –No lo sé–su voz estaba ronca y supuse que era porque había llorado mucho –me siento triste, vacío por dentro, pero una parte de mí piensa que ahora ella va a estar mejor –me quede en silencio escuchándolo, tal vez era la primera vez que él me hablaba de esta forma–pero soy tan egoísta que quiero que vuelva, aunque este sufriendo por su estado. –No eres egoísta, es normal sentirse así. – ¿Cómo te sentiste tú cuando perdiste a tus padres? – su pregunta me pillo por sorpresa, lo pensé por un rato y luego hablé. –Tenía solo 6 años, no es que recuerde mucho, solo algunas cosas, pero lo que nunca olvidare es que yo no sabía lo que estaba pasando, mis padre salieron como normalmente lo hacían y me dejaban con una niñera y cuando llego hora de ellos volver a casa no lo hicieron, la niñera recibió una llamada telefónica y se puso muy inquieta, no me dijo lo que estaba pasando, nadie lo hizo hasta después de tres días que una señora apareció llevarme con ella, no comprendía porque, yo solo le decía que no me llevara que mis padres iban a volver en cualquier momento, ella me dijo que no, que mis padres no volverían porque estaban muertos. – me calle, porque le sigue a ese recuerdo no podía decirlo en voz alta, porque ese día fue el que aprendí que estaba sola y tenía que sobrevivir como pudiera. –No sé cómo actuar ahora–dijo luego de un largo rato de silencio– sé que papá se va a encerrar más en su mundo y Alex…. Él, sé que está destrozado, hasta más que yo tal vez, quiero ser fuerte para que él no se sienta así, quisiera dar cualquier cosa para que mi hermano no tenga que pasar por esto. – ¿Y tú? –lo interrumpí. Se dio vuelta y me miro a los ojos. – ¿Yo? –asentí, tenerlo tan cerca me daba un toque de idiotez y nerviosismo–yo pude ser fuerte y esconder mis sentimientos, pero ellos…. Ellos no–termino y bajo su cabeza por un momento. –Llorar no te hará más débil–susurre, volvió a levantar la cabeza, sus ojos estaban cristalizados por las lágrimas que querían salir. –No es que llore o no–negó repetidas veces– ¿Por qué estás haciendo esto? –dijo y su tono de voz cambio en unos segundos. – ¿Haciendo qué? –pregunte con la voz entre cortada. –Esto–con su mano hizo un movimiento–ser buena conmigo, yo nunca lo he hizo contigo–entonces, pensé que este era el momento indicado para que él me respondiera la pregunta que tantas veces me había hecho yo misma. – ¿Por qué me tratas mal? –dije al fin, él me miro por un largo rato hasta que una pequeña sonrisa de lado apareció. –Pensaras que soy idiota si te digo–dijo, seguíamos cara a cara, esta vez sin reproches, sin maltratos. –Ya pienso que eres idiota –su sonrisa creció un poco más, bufo y se pasó la mano por el pelo castaño. –Antes de que tu aparecieras, Alex y yo éramos muy unidos, aunque diferentes, él siempre ha sido tan buena persona y yo siempre he admirado eso de él, pero bueno, el caso es que yo siempre cuidaba de él en la escuela aunque era estúpido porque él es el mayor, a mí me gustaba cuidar de él, defenderlo de los niños que se pasaban, pero cuando tu apareciste él se alejó totalmente de mí, ya no me necesitaba y eso me cabreo mucho, así que toda mi ira se fue hacia ti, por robarme a mi hermano–se detuvo y esa perfecta sonrisa creció en su rostro–es estúpido, crecí con ese rencor hacia ti, que nunca fue nada malo porque a quien quería odiar era a mí mismo, porque nunca pude sentir nada malo por ti, todo lo contrario, me caes muy bien, hasta podría decir que me gustas–y me eche a reír a carcajadas, Alec se quedó perplejo en su lugar mirando, como me reí de él, al final se unió a mí y terminamos riendo juntos. Cuando nos callamos, el silencio nos bañó, ya no sabía que decir, solo lo mire, y le mire los labios. Mala cosa la mía. Me derretí, mirando esos labios, quería que me besara y él se dio cuenta de eso, porque cuando levante mi mirada sus ojos estaban oscurecidos. Su mirada estaba frena de lujuria. Y me lance. Lo bese. Esta vez fue diferente. Sus labios se movían lentamente sobre los míos. El beso tomo más profundidad con los segundos y en un nanosegundo esta sobre su regazo. Acariciando su pelo tan sedoso. Las manos de Alec estaban por todas partes, en mi cintura, por mis caderas, en mi trasero, en mis muslos, pero no me queje. Lo estaba disfrutando. De eso no cabía duda y él también. Esta vez no fue brusco conmigo. Nos tomamos nuestro tiempo para respirar. Cuando me aleje de sus labios, ambos estábamos secos por dentro y necesitando más. –Aquí no–susurro cerca de mis labios, con la voz entrecortada por la falta de aire. Asentí torpemente–hay demasiadas personas en la casa. –Sí, esta de seguro es la cosa más estúpida que podríamos estar haciendo ahora. –Lo sé– me quede sobre su regazo, para poder seguir besándolo. –Tú también me gusta, por loco que parezca eso. Siempre me ha dolido tu trato. –Lo sé, lo siento. Mamá me dio bastante regañadas por eso. –Te lo tenías bastante bien merecido. –sus manos estaban en mi espalda, moviéndose arriba y abajo. –Sí, bastante. –nos volvimos a besar unas cuantas veces más, hasta que entro la medianoche, nos despedimos en las escaleras, quería volver a besarlo allí, pero algo me detuvo. –Que tengas buenas noches– termine de subir el último escalón. –Lau– lo mire sobre mi hombro. –¿Sí? –Cuida de él, por favor. –Lo haré. – asintió con un movimiento de cabeza antes de pasarme por el lado y entrar a su habitación. Respire hondo, aquello había pasado realmente, sonreí para mí misma y luego me fui en busca de mi mejor amigo, estaba mirando fijamente la pared al otro lado de su recamara, sin moverse. – ¿Alex? – lo llamé, aunque no me respondió, me senté a su lado en la cama, me quite las sandalias para poder subirme a la cama, no reacciono cuando le aparte el cabello de la frente ni cuando lo volví a llamar. Me acosté a su saldo y lo abracé. Ninguno de los dos durmió esa noche, estaba asustada de lo que podía pasarle, de su estado. Tuve mis ojos sobre él todo el tiempo, esperando alguna señal, aun movimiento. Al llegar la hora de que el sol se reflejara por la ventana, lo escuche suspirar. –¿Alex? –Se ha ido– susurro antes de dejar que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas. Lo apreté más contra mí y le permití llorar.
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