Ya dadas las siete de la tarde, Nicolás se encontraba ya en la puerta de la casa de Sídney. Le había prometido a su hermano que no tendría nada que ver con ella, pero el mero deseo de verlos juntos le hacía creer que valía la pena desobedecerle en esto. Llamó a la puerta, pero se abrió esta con el segundo toque, donde apareció la que probablemente era su madre; tenían los mismos ojos y el mismo color de pelo. Lo miró interrogativa. —Hola señora—no se creía que fuera lo único que se le ocurriera decir. —¿Y tú eres? —Es para mí,—por suerte apareció Sídney. —es un amigo y nos vamos a una fiesta. Vio que su madre dibujaba una sonrisa y no la sorprendió, sabía lo que pensaba; llevaba mucho tiempo sin divertirse y ahora iba a hacerlo ¿qué madre no se sentiría feliz por eso? —No te hagas muc

