De Alan no tuve noticias hasta la mañana siguiente. Al salir de la cama, luego de haber repetido en sueños los besos y las caricias de aquella noche fantástica, me encaminé a su encuentro, pero una pequeña carta, pegada con imanes a la puerta del refrigerador, me dejó en claro lo que me esperaba: “Siento mucho lo de anoche. Lo siento todo. Siento haberte besado así como también siento haberlo dejado de hacer. La verdad es que no sé qué sentir. Hasta que te conocí solo sabía sentir odio y venganza, solo experimentaba simpatía y a lo mucho agrado por algunos que otros, pero tú me estas cambiando Lis. Te pido tiempo para pensar. Como siempre: esta es tu casa. Alan.” Su mensaje me lo tomé a bien. De entrada estaba claro que si él no estaba seguro de lo que estaba ocurriendo, mucho menos po

