—Hija— llamó mi padre en un susurro. No podía ver su expresión al llamarme. Pero ello no era necesario. Tantos años escuchando su voz llamándome había servido ahora que carecía de la vista, para sin ella reconocerlo. Sin embargo, aunque conocía perfectamente de quién venía ese llamado, lo que si me estremeció fue como lo dijo. Aquel llamado carecía de fuerza. Ésta estaba llena de algo que no había escuchado ni siquiera cuando nuestro mundo se había derrumbado años atrás; dolor. Desde que mi vida había dado un cambio de ciento ochenta grados, llevándose con ello mi felicidad, confianza y en cierto punto afectar mi estado psico-emocional. Mis padres había sido ese apoyo en cada segundo que pase buscando mi propio camino. Me perdí, caí, lloré derrotada y me levanté con su ayuda. En cada

