—¿Sabes que jamás podría cansarme de esto? —preguntó Randall cuando hundió su nariz entre las tetas de Katherine—. Podría morir en este momento, y sería un hombre feliz. Katherine hundió más sus uñas en la espalda y los hombros de Randall, a medida que su torso se alzaba y caía contra el suyo. Sus muslos chocaban y resonaban en la habitación en silencio. Estaban de nuevo en la casa de Randall, forjando más esa relación que comenzó como algo casual y estaba escalando demasiado rápido. Era como si después de unirse no existiera nadie más. Como si el resto del mundo se hubiera esfumado en el aire. No imaginaron compartir esos momentos con nadie más, y para Randall, que tenía cientos de mujeres, era más solo una premonición del futuro que le esperaba al lado de la grandiosa Gatita. No había n

