Katherine abrió la puerta y dejó entrar a la mujer que no parecía una tutora, sino una de las amigas poco vestidas de Allan. —Tiene una hermosa casa —dijo Silver. —Gracias —respondió Katherine con recelo—. Puedes sentarte en el comedor. Iré por mi hijo para la tutoría. Katherine había contactado a la mujer en uno de esos lugares donde subían sus currículos y esperaban llamadas. Silver tenía cuatro estrellas en el lugar, y era una de las que no le importaba viajar por horas para llegar a las casas. Era divertida y eficiente, o eso decía su perfil y también las recomendaciones. Tenía muy buenas recomendaciones, lo único que no decía era que llegaría en pantaloncillos y chupando una paleta de caramelo y con lentes de sol sobre su cabello. Llevaba una camiseta con una mala palabra en prote

