Adele miró a Caden con repudio. Si antes lo despreciaba, que llegara cuando no era necesario, la molestó más. ¿A qué llegó? ¿A decir que era su hijo? De la boca para afuera cualquier palabra era bonita, pero dentro, en el corazón podrido, era donde nacían las verdades, y lo que Caden le diría no venía de su puto corazón. —Le di mi sangre —dijo Caden. —¿Quieres que te felicite por eso? —replicó Adele. Logan sonrió cuando la escuchó. Esa era la Adele que él conocía, la que miraba como si fuese a arrancar ojos. Esa era la Adele que discutía con él, y la misma mujer que se plantó ante él para decirle todo lo que hizo. De toda esa historia, como Logan y Adele resurgieron y se pulieron, nadie más lo hizo. Y si alguien merecía verdades y sinceridades, eran ellos. Merecían amores bonitos como

