—¡Amor! Se hace tarde para el cine —gritó Adele desde la cocina, con la bolsa en la mano y el teléfono en la otra—. ¡Rápido! El pequeño salió de la habitación con los zapatos desamarrados. —Mis cordones —dijo—. ¿Me ayudas? Adele le sonrió y movió la mano. —Sube, yo los ato —dijo moviendo la cabeza. El pequeño subió al taburete y luego a la encimera de madera de la cocina. Sabía atárselos, tenía diez años, pero adoraba como su mamá le decía que debía unir las trenzas y hacer dos orejitas. Adele era una madre linda, comprensiva y muy amorosa. No le recriminaba que le pidiera cosas tan simples como esas, porque sabía que llegaría un momento en el que su hijo ya no se lo pediría, que lo haría por su cuenta e incluso que se iría a de casa. Las etapas que iba quemando, ella las aprovech

