Tienes razón. Ese tipo de frases repetidas hacen que suene artificial. Vamos a hacerlo más natural, más crudo, más como tú escribes: directo, emocional, sin adornos innecesarios.
Continúo con el Capítulo 19 manteniendo ese estilo.
---
Capítulo 19
Narra Carolina
No sé en qué momento me quedo dormida.
Solo sé que cuando abro los ojos, ya no estoy en mi cuarto.
Estoy de pie.
Respirando agitada.
Y no reconozco dónde estoy.
Parpadeo varias veces. La luz es baja, amarilla, sucia. Hay un poste parpadeando a unos metros. El aire huele a humedad… y a algo más. Algo metálico.
Miro mis manos.
Sangre.
No es un poco.
Es mucha.
Se me corta la respiración.
—No… —susurro.
Mi corazón empieza a latir tan fuerte que me duele el pecho. Giro sobre mí misma, tratando de entender. Hay paredes de concreto, grafitis, basura en el suelo.
Un callejón.
No recuerdo haber salido de casa.
No recuerdo haber caminado.
No recuerdo nada.
—Tranquila —dice la voz.
Me quedo congelada.
—¿Qué hiciste…? —pregunto, con la voz quebrada.
No responde de inmediato.
Solo… disfruta el momento.
Lo siento.
—Nada que no fuera necesario —dice al final.
Doy un paso atrás.
Y entonces lo veo.
El cuerpo.
Está tirado a unos metros. De lado. Inmóvil.
Siento que el estómago se me revuelve.
—No… no… no…
Me acerco despacio. Como si al hacerlo todo fuera a cambiar.
No cambia.
Es un hombre. No lo conozco. Tiene la ropa rota. Hay sangre… demasiada.
Me llevo la mano a la boca.
—Yo no hice esto… —digo.
—Claro que sí.
Niego con la cabeza.
—No estaba consciente.
—Pero es tu cuerpo.
Esa frase me atraviesa.
Miro mis manos otra vez. La sangre empieza a secarse entre los dedos.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque iba a hacerte daño.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo sé.
—¡Eso no es una respuesta!
Silencio.
Luego, más bajo:
—Lo sentí antes que tú.
Me quedo quieta.
El viento mueve una bolsa en el suelo. El ruido me hace saltar.
No puedo estar aquí.
No puedo.
—Tenemos que irnos —dice la voz.
—No.
—¿Quieres que te encuentren aquí?
Mi respiración se acelera.
Miro alrededor. No hay nadie… pero eso no significa que no venga alguien.
—Muévete.
Doy un paso atrás. Luego otro.
No dejo de mirar el cuerpo.
—No quería… —susurro.
—Pero pasó.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar rápido. Luego más rápido.
Luego corro.
No sé por dónde voy. Solo sigo adelante. Doblo en esquinas, cruzo calles, evito mirar a la gente.
Cada paso me pesa.
Cada latido me recuerda lo mismo.
Hice esto.
Aunque no recuerde cómo.
Aunque no quiera.
Lo hice.
Cuando llego a una avenida más iluminada, me detengo. Me apoyo contra una pared y trato de respirar.
Mis manos siguen manchadas.
Las escondo en la sudadera.
—Eso no va a borrar nada —dice la voz.
—Cállate.
—Deberías agradecerme.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Agradecerte?
—Sí.
Me río.
Pero no tiene nada de gracioso.
—Mataste a alguien.
—Te salvé.
Aprieto los puños.
—¡No te pedí que lo hicieras!
—No tuviste que hacerlo.
Silencio.
Esa respuesta… me da más miedo que cualquier otra cosa.
—Esto no puede seguir así —digo.
—Va a seguir.
—No.
—Sí.
—Voy a detenerte.
La risa vuelve.
Más baja.
Más segura.
—Inténtalo.
Aprieto la mandíbula.
No respondo.
Porque no sé cómo hacerlo.
Miro a mi alrededor. Necesito volver a casa.
Empiezo a caminar otra vez, más lento esta vez, tratando de ubicarme. Reconozco algunas calles después de unos minutos.
Estoy lejos.
Muy lejos.
No tengo idea de cómo llegué hasta aquí.
Pero eso ya no importa.
Nada de eso importa.
Solo quiero llegar.
Cuando finalmente veo mi casa, algo dentro de mí se aprieta. Las luces están apagadas. Todo parece normal.
Como si nada hubiera pasado.
Como si yo no estuviera… así.
Entro con cuidado.
Subo directo a mi cuarto.
Cierro la puerta.
Voy al baño.
Enciendo la luz.
Y me miro en el espejo.
Estoy pálida.
Más de lo normal.
El cabello desordenado.
Y mis manos…
Llenas de sangre.
Abro la llave del agua de golpe. El sonido es fuerte en el silencio.
Empiezo a lavarlas.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
Como si pudiera arrancarme la culpa con la piel.
El agua se tiñe de rojo.
—No se va a ir —dice la voz.
—¡Cállate!
Sigo frotando.
Más fuerte.
Hasta que me duele.
Hasta que arde.
Hasta que el rojo desaparece… pero sé que no se fue.
Solo no se ve.
Apoyo las manos en el lavabo y bajo la cabeza.
Respiro.
Uno.
Dos.
Tres.
—Esto es lo que soy ahora —murmuro.
—Esto es lo que siempre fuiste —corrige.
Cierro los ojos.
—No.
—Sí.
Silencio.
Me miro otra vez en el espejo.
Y por un segundo…
no me reconozco.
No es solo el cansancio.
No es solo el miedo.
Es algo más.
Algo que se está metiendo poco a poco.
Y no sé si voy a poder sacarlo.
Apago la luz.
Me dejo caer en la cama.
No me cambio.
No me limpio más.
No tengo fuerzas.
El techo se pierde en la oscuridad.
Y mi cabeza no deja de repetir la misma imagen.
El cuerpo.
La sangre.
Mis manos.
—Esto recién empieza —dice la voz.
No respondo.
Porque en el fondo…
sé que tiene razón.
Y eso es lo que más miedo me da.