Míriam Willem, cepillaba el largo cabello rojizo de su hija. Sarah, era una joven hermosa de tan solo veinticuatro años de edad, pero que estaba confinada a las paredes de su hogar y el continúo cuidado de sus padres. Sarah siempre fue una niña muy enfermiza, constantemente contraía diversas infecciones y con el paso de los años su salud empeoró. En la actualidad, Sarah estaba siendo sometida a diversos estudios clínicos para determinar la causa de su mal estar.
El timbre sonó, por lo que Míriam dejó de cepillar el cabello de su hija y se dirigió a abrir la puerta. Una gran sonrisa afloró en su regordete rostro al ver frente a ella a Tobías Stornent, el novio de Sarah y mejor amigo de su hijo mayor.
—Hola, querido ¿cómo te fue en tu viaje? —La mujer extendió sus brazos y lo abrazó con ternura.
—Excelente, Míriam —correspondió el abrazo con el mismo cariño. —¡Cerré el negocio más importante de mi vida! —Exclama con orgullo y alegría.
—¡Felicidades, querido! Sin lugar a dudas eres el mejor. —Se separa del joven y se hace a un lado para permitirle entrar. —Sarah, se pondrá feliz de verte. No te puedes imaginar cuánto te a extrañado.
—Creeme que si, por que yo también la extrañé muchísimo. —Se adentra en la lujosa sala de estar, fijando su intensa mirada en la desvalida silueta de Sarah, quién lleva su largo y rojizo cabello suelto.
Antes de poder acercarse y saludarla, Raúl, su mejor amigo y hermano mayor de Sarah se interpuso en su camino.
—¡Regresaste, mi amor! -Tobías sonrió enormemente al oír la fingida voz de su mejor amigo, quién estaba demasiado feliz de verlo.
—¡Por supuesto que volví! Solo me fui a Río de Janeiro por una semana, no al otro lado del mundo, idiota —el otro joven dejó escapar una sonora carcajada ante la respuesta de Tobías.
Raúl Willem, primogénito de la conocida familia Willem, era el orgullo de la familia y quién junto a su padre se hacían cargo del importante patrimonio que poseían. Era alto, de cuerpo fibroso, su rostro pálido y pecoso era resaltado por unos profundos ojos azules, su cabello rojizo estaba peinado hacia atrás, perfectamente ordenado y su traje n***o era de la mejor calidad. Raúl era inteligente, sus ojos eran hábiles, sabían cómo encontrar el mejor negocio para desarrollar, era la mano derecha de Tobías y ambos se estaban abriendo paso por el país a pasos agigantados. Eran conocidos como la joven promesa de las finanzas.
—¿Cómo está todo por aquí? —Raúl suspiró pesadamente, pasándose una mano por el cabello, despeinándose un poco en el proceso.
—Sé exactamente que estás preguntando, Tobías, no necesitas fingir conmigo —Tobías no cambió su gesto, seguía mirándolo firmemente, con esos ojos verdes fríos y analíticos. —Ella está bien, ha pasado unas noches intranquilas pero se siente mejor. Ya sabes, está siendo sometida a muchos estudios y ahora estamos a la espera de los resultados. —La voz de Raúl sonó fatigada.
—Me alegra saber que se siente mucho mejor, temía que mi lejanía hiciera que su condición fuera a empeorar. —Raúl, se contuvo de rodar los ojos ante las palabras de su amigo.
—Las enfermedades no funcionan así, Tobías —replicó casualmente y se movió hacia su oficina sabiendo que su amigo venía tras él. Cogió unos papeles de su escritorio y los observó sin prestar atención realmente. —Tengo que ver a un cliente en este momento ¿te veré en mi casa, supongo? —Tobías asintió y Raúl salió de la oficina.
Tobías se dejó caer en la silla y miró el cuadro que su amigo tenía sobre el escritorio. Sarah Willem, única hija de Míriam y Arthur Willem, era la joya de la familia; frágil desde su nacimiento, la muchacha tenía una apariencia etérea que había atraído a Tobías desde el momento en que la conoció. Su piel lechosa y suave, sus ojos azul agua, su resplandeciente cabello rojo. Tobías había estado enamorado de Sarah desde que tenía quince años, sabía que ella sería su esposa en algún momento de su vida y lo mejor de todo es que el sentimiento era recíproco.
Eran perfectos el uno para el otro, tenían tantas cosas en común y Tobías se sentía pleno y cómodo junto a ella. Pero Sarah estaba enferma. Ella había nacido con esclerosis múltiple y desde hace unos años le había afectado el pulmón. La fatiga era cada vez más crónica, los brotes se tornaban cada vez más frecuentes y la volvían más frágil de lo que ya era, Tobías siempre había temido irse a dormir un día y ya no encontrarla por la mañana. Por eso quería convertirla en su esposa lo más pronto posible, quería estar con ella todo lo que pudiera, disfrutando a su lado.
Sin embargo, su madre no parecía entender eso. Angeline, estaba empeñada en que terminara su relación con Sarah y encontrara una mujer a su altura.
Angeline se había negado rotundamente considerar la idea de convertir a Sarah en su nuera, no es que la mujer no amara a su hijo y no quisiera que fuera feliz, pero Tobías era joven, apenas tenía 26 años ¿qué podría saber él del amor? Lo que tenía era una fascinación, vivía con esa chica en una fantasía y ella estaba segura de que ambos no habían cruzado más de diez palabras a solas. Míriam siempre había estado al lado de su hija para cuidarla ¿Quién se puede enamorar así? Tobías no había entendido razones, no podía creer que su madre no pensara en su felicidad ante todo. Sin embargo, le advirtió que aunque ella se opusiera, él de igual modo contraerá matrimonio con Sarah.
Angeline, no había estado feliz con la respuesta de su hijo. La mujer mantuvo una expresión serena, cuando por dentro se desataba todo un huracán. Ella no podía permitir que Tobías atara su vida a una mujer enferma, una mujer que solo se tornaría una carga para él.
Tobías decidió abandonar el despacho de su amigo Raúl y se adentró con tranquilidad en la sala, saludando a los sirvientes con familiaridad y pasando de frente hacia la biblioteca, donde sabía que encontraría a quién buscaba. Tobías, empujó la puerta con suavidad, mirando alrededor y encontró a Sarah inmediatamente sentada en el marco de la ventana, sus piernas recogidas contra su pecho mientras observaba el mundo exterior y escuchaba a su madre leer para ella.
Verla en ese estado, tan frágil y vulnerable, tan absorta en sus propios pensamientos, con la nostalgia inundando su mirada, verla así, sin lugar a dudas le estruja el corazón. La impotencia de no poder hacer nada para ayudarla, de tener que sentarse a su lado a esperar la muerte, es algo que le escuece el alma y lo llena de una frustración pesada y constante.
—Ahí fue cuando Annabelle llegó al río mágico, viendo la hermosa corriente azulada pasar por... —Guardó silencio de pronto al ver a su yerno de pie junto al umbral de la puerta. —¡Tobías! —Míriam detuvo la lectura, notándolo. Sarah se giró inmediatamente y sonrió, bajando las piernas para pararse, quería correr a su encuentro pero un intenso mareo la atacó haciéndole perder el equilibrio.
—¡Has vuelto, Tobi! —Exclamó ella suavemente, extendiendo sus manos hacia él, necesitaba abrazarlo, empaparse de su varonil aroma, sentirlo junto a ella. Tobías, era su cable a tierra, él le hacía sentir como una joven normal, la hacía sentir plenamente amada.
—Por supuesto que regresé, ya no aguantaba un solo día más sin verte —respondió con dulzura, examinando su rostro para confirmar que estaba bien. —Es un gusto verla nuevamente, Míriam —saludó a la mujer una vez más, ella asintió con una cálida sonrisa.
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—A mí también me da gusto, querido. ¿Quieres quedarte a comer con nosotros? —La mujer cierra el libro que momentos antes leía y lo deja en uno de los estantes.
—Debería decir que no, porque mi madre me espera, pero... Creo que puedo hacer una excepción por hoy. —Sonrió el moreno, Sarah entusiasmada lo guió hacia los sillones mientras su madre salía de la biblioteca.
—¿Cómo te fue en tu viaje? —Preguntó ella, acomodándose un mechón de cabello tras su oreja.
—Tal y cómo esperaba, cerré el negocio —respondió con una sonrisa altanera y ella tomó sus manos, entrelazando los dedos de ambos.
—Estoy muy orgullosa de ti, Tobi —él acercó la delicada mano de su novia a su labios y depositó un gentil beso en ella.
—Sabes que significa mucho para mi todo lo que dices -respondió con sinceridad. Míriam regresó un segundo después, anunciándole a ambos jóvenes que la comida sería servida y que pasaran a la mesa.
Tobías, mantuvo a Sarah a su lado en todo momento, necesitaba su presencia y cercanía. Si prestaba atención, podía verla algo mejorada, con un mejor semblante y eso le daba cierta esperanza. Siempre lo hacía sentirse mejor tenerla cerca, así podía asegurarse él mismo que estaba bien. Él era capaz de todo con tal de verla feliz, por que Sarah era el motor que lo impulsaba a ser mejor y superarse cada día.
La comida fue tranquila, apenas interrumpida cuando Raúl llegó y todos conversaron entre ellos, generando un ambiente cómodo y grato en la mesa; Raúl y Tobías, eran los encargados de llenar la conversación de alegría. Sarah estaba contenta con solo verlos, el ambiente que ambos hombres generaban la hacían sentir como una joven normal y Míriam se sentía muy cómoda y por sobre todo feliz, de ver a su hija irradiar tanta alegría. Siempre había deseado que su casa estuviera llena de ruido y alegría, lastimosamente ella no pudo tener más hijos después de Sarah, el embarazo fue complicado y ella había perdido la capacidad de tener más hijos. Pero Tobías, rápidamente se transformó en un hijo más para ella, había traído felicidad a sus dos hijos y siempre estaría agradecida por ello.