Sir William Ashton, agitadísimo, se revolvía en el aposento. El temor, la vergüenza y la ira luchaban en su espíritu contra la deferencia que solía guardar a su esposa. Por fin, como ocurre a los tímidos que se ven en circunstancias semejantes, terminó adoptando un mezzo termine, un término medio. —Os diré francamente, señora, que no puedo ni quiero hacerme responsable de esa desconsideración hacia el Master de Ravenswood; no la ha merecido de mí. Si podéis ser tan irrazonable como para insultar a un hombre de calidad bajo vuestro propio techo, no puedo impedíroslo; pero, por lo menos, no he de mezclarme en tan descabellado proceder. —¿No? —¡No, señora, por el Cielo! Pedidme algo que sea compatible con la caballerosidad; por ejemplo, ir abandonando su amistad gradualmente, o algo así; p

