La joven mujer, con dinero, llegó a su casa de campo donde aún vivía, aunque obviamente la había remodelado, derribando las paredes feas para que quedara hermosa. En cuanto entró en cada una de las habitaciones de las niñas, sus ojos se llenaron de lágrimas. Les había tomado mucho trabajo, pero finalmente las había terminado, su esposo lo había hecho. Pero a pesar de eso, se sentía incompleta. Quería un compañero que estuviera a su nivel, no alguien que no trabajaba. Siguió avanzando hasta llegar a su habitación.
Victoria desvió sus ojos hacia el cuadro de matrimonio en la mesita de noche. En la foto, se veían tomados de la cintura, mirándose con un amor inmenso. Ahí estaba embarazada de 8 meses en ese momento, y un mes después de unir sus manos, su bebé nació. Tenía dos hijas, que eran el amor de su vida y la luz de sus ojos. La mayor estaba en la escuela, ajena a lo que ocurría en su matrimonio. Sus corazones latían con fuerza, y finalmente dejó caer su espalda en el fino colchón.
Exhaló un profundo suspiro, quizás dándose cuenta de que había cometido errores, pero en ese momento ya no quería estar con nadie. Deseaba estar sola, disfrutar de los placeres de la vida en soledad. Le gustaba la idea de que nadie la controlara, de que nadie le dijera qué hacer. Además, tendría tiempo a solas porque su esposo se llevaría a sus hijas, aunque eso la inquietó un poco. Aún no sabían cómo resolverían el tema de la tenencia y tampoco sabía a dónde iría su esposo. En ese momento, sintió un poco de pena y se dio cuenta de que ya eran las 2 de la tarde; apenas habían ingresado sus hijas al colegio. Decidió ir al gimnasio, pues había pagado recientemente la membresía y necesitaba distraerse.
Se puso unas mallas negras y un top deportivo del mismo color, complementándolo con una campera deportiva y unas zapatillas. Se miró al espejo y se peinó un poco. De pronto, miró hacia un lado, donde se encontraba la ropa de su esposo, recordando todos los regalos que le había hecho y la manera en la que habían progresado juntos. Sin embargo, se sintió sola en cada paso que dieron, y su mente se debatía en busca de respuestas.
“Que no te dé pena, Victoria", comentó mirándose al espejo y esbozó una sonrisa, aunque esta no llegó a sus ojos. Pero eso fue suficiente para que sus pasos avanzaran hacia la salida y, finalmente, hacia el gimnasio.
En cuanto llegó, saludó al entrenador y pronto se sumergió entre las máquinas, chocando entre ellas, escuchando el sonido de las botellas siendo abiertas y cerradas, y el bullicio de la gente que llegaba a sus oídos. Aquello fue suficiente para poder seguir avanzando con una grata sonrisa y sentirse contenta. Efectivamente, aquel día estaba muy agradable; al parecer, las nubes habían dado paso a un increíble día soleado.
“Hey, ¿cómo te va?", preguntó su mejor amiga, Briana.
Briana la conoció en un curso hace algunos años, y desde entonces su amistad se había vuelto verdadera.
“Le pedí el divorcio a Gabriel", dijo con voz queda, mirando al suelo mientras se subía a la bicicleta para entrar en calor.