La carretera se extendía como una serpiente gris en medio del amanecer. Rosaura sujetaba con firmeza el volante, con la mirada fija en el horizonte, mientras el sonido monótono del motor llenaba el interior del auto. Fernando, en el asiento del copiloto, llevaba el rostro apoyado contra el vidrio, observando de manera distraída cómo los árboles pasaban veloces. El silencio entre madre e hijo se hacía cada vez más pesado, casi insoportable. Fue Rosaura quien lo rompió. Su voz sonó seca, medida, como quien lanza un dardo con precisión: —Bien, hijo… cuéntame, ¿cómo fue tu estancia con tu padre? ¿Te divertiste? Porque, por lo que me platicó Esteban, no parece que hayas vivido la mejor de las vidas. Fernando bajó el vidrio, dejando que el aire fresco entrara de golpe, y sacó un cigarro que e

