Después del último abrazo que se dio Fernando con su mamá, Esteban, en un intento de suavizar las emociones, propuso con voz cálida: —¿Por qué no se quedan a desayunar? Sabes, es muy temprano, y la verdad es que Fer tiene una rutina de ejercicio que lo agota bastante. Entonces, pues, me gustaría que conviviéramos un rato. Fernando levantó la vista, aún con los ojos enrojecidos de la despedida. No contestó de inmediato, solo asintió lentamente, y sin mirar a nadie más que no fuera Amelia, soltó con voz cargada de un matiz extraño, mezcla de ternura y posesión: —A mí me encantan los desayunos de Ame. Amelia sintió un vuelco en el estómago. No respondió nada, solo se quedó mirándolo unos segundos que parecieron eternos. Esa frase, dicha delante de Esteban y de su madre, no era inocente. R

