La luz del sol se colaba suavemente por la ventana, iluminando la habitación con un brillo cálido. Amelia escuchó cómo la llave giraba en la cerradura; Esteban había regresado de su viaje a Nueva York. Sin perder un segundo, corrió a su recámara, dejándose envolver por el aroma y el recuerdo de Fernando que todavía impregnaba su piel. Dejó su maleta, quitó el abrigo y se dirigió al baño, despojándose de sus zapatos antes de entrar a la ducha. Con una voz cálida y serena, dijo: —Esteban… hola. Él entró tras ella, abrazándola suavemente. Le dio un beso en el cuello mientras sus manos recorrían sus pechos y su espalda. Amelia no pudo resistirse; sonrió y correspondió con un beso. La intimidad fluyó natural entre ellos, recordando que habían pasado varios días sin verse y que su conexión se

