Aquella noche Amelia dormía abrazada a Esteban, con su respiración pesada pegada a su nuca y el roce áspero de su barba enredándose en su cabello. Él parecía dormir tranquilo, confiado, mientras ella luchaba con sus propios demonios. En sus sueños no estaba su marido, sino Fernando. Sus manos, su voz, su fuerza volvían una y otra vez en imágenes que la despertaron exaltada. Miró a Esteban, tan cerca, tan entregado a ella sin sospechas. Sintió un nudo en la garganta, un peso insoportable: le estaba haciendo daño. Le había fallado al hombre que le decía “te amo” con sinceridad, mientras en su mente aún ardía el recuerdo de la piel joven y ardiente de aquel chico de dieciocho años. Los días siguientes parecieron estirarse en calma relativa, como si el destino le regalara una tregua. Esteban

