la mañana siguiente, Esteban cumplió con lo prometido: fue hasta la universidad para revisar cómo iba su hijo en las clases. No le sorprendió demasiado que Fernando no lo acompañara; la noche anterior ya le había dejado claro, con ese aire seco y altanero, que no pensaba hacerlo. Lo que sí lo sorprendió —y de manera brutal— fue enterarse en la oficina del rector de que Fernando no asistía desde hacía tres semanas. Tres semanas completas ausente, tres semanas en que él creyó ingenuamente que su hijo estaba en los salones, cuando en realidad nadie sabía en dónde se metía. Las faltas, por supuesto, habían provocado su baja definitiva. Esteban salió de la universidad con un nudo en el pecho, una mezcla de molestia y preocupación. La primera idea que se le vino fue lógica: Fernando debía estar

