**ANGELA** La moto se detuvo en seco con un último ¡puf! humeante, pero yo, por las leyes de la física que tanto odié en el colegio, seguí volando un par de metros más hasta aterrizar de cara sobre un arbusto de espinas que, claramente, no era tan suave como parecía desde lejos. Me quedé allí, boca abajo, con el silencio de la montaña solo interrumpido por el ventilador de la moto y el latido de mi propio corazón. Tenía una hoja en la boca y juraría que una pequeña araña acababa de mudarse a mi oreja izquierda. —Excelente, Angela. Infiltración nivel ninja —mascullé, escupiendo un trozo de corteza—. Nadie sospechará de un arbusto que de repente tiene piernas y maldice en voz baja. Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido, aunque mis rodillas crujieron como ramas secas. Me s

