**ANGELA** No puedo dormir. El zumbido de los zancudos es una tortura constante; siento sus picaduras en mi cuello, en mis párpados, en mis brazos. Tengo la piel encendida, llena de ronchas y fiebre, pero no me atrevo a cerrar los ojos por miedo a caer al vacío o a ser devorada por los animales que escucho aullar en la lejanía. —Bianco… —mi mente, delirante por el hambre y el agotamiento, insiste en llamarlo—. Mira lo que me has hecho… Me miro las manos en la penumbra. Están sucias, hinchadas, irreconocibles. Me pregunto si mi padre me está buscando o si Bianco ha celebrado mi desaparición. Estoy perdida en un rincón de este sitio que no aparece en los mapas, picada, hambrienta y al borde de la locura. Si el pecado de mi nacimiento era tan grande, el bosque se está encargando de cobr

