**BIANCO** Cuando los enfermeros entraron a la habitación, listos para ayudarla a regresar a la cama, Angela se incorporó con un visible esfuerzo. Sus músculos, agarrotados por el largo reposo, protestaban con cada movimiento mientras se levantaba lentamente. Se estiró intentando aliviar la rigidez que sentía en cada extremidad, tratando de despertar su cuerpo del letargo. Al salir al pasillo, una ráfaga de aire fresco proveniente de las montañas la golpeó suavemente en la cara. Este aire revitalizante, cargado del aroma de la naturaleza, le anunciaba la inminente llegada del amanecer, pintando el cielo con los primeros colores del día. —Gracias —le dije, deteniéndola antes de que caminara hacia su habitación. —No me des las gracias, Bianco —me miró, y vi que tenía los ojos empañados—.

