CAPÍTULO CINCO

1476 Words
SALVATORE. El humo del cigarro se desliza lento por la ventanilla abierta, y lo miro perderse en la madrugada. El cuero del asiento aún huele a pólvora y sangre; mis mangas, que hace unas horas eran impecables, están endurecidas por las manchas oscuras que dejó ese hijo de puta cuando me atreví a arrancarle cada palabra a la fuerza. El jefe de Allison cantó todo. Me dio la ubicación de su casa, los horarios, la enfermedad de la madre, hasta los pequeños fracasos que arrastran como si fueran medallas al revés. Patético. No me costó demasiado hacerlo hablar; la lengua siempre se suelta cuando los huesos empiezan a crujir. La vi. A la madre. Una sombra más delgada que un cadáver, con el pecho marcado por una fragilidad que grita “muerte” a cada respiro. Una debilidad. Una grieta perfecta que puedo abrir cuando quiera. Porque todo el mundo tiene un talón de Aquiles… y Allison Blake ya me mostró el suyo. Ella. La recuerdo jadeando bajo mis manos. El cuerpo de una virgen que se arqueaba sin saber lo que era un orgasmo, sin comprender el infierno delicioso que la estaba devorando por dentro. Yo lo entendí todo en un segundo: sé más del cuerpo de las mujeres que ellas mismas. Frecuencia, intensidad, el punto exacto donde terminan suplicando sin siquiera darse cuenta. Con Allison no fue distinto. Pudo odiarme con cada fibra de su cerebro, pero su cuerpo habló otro idioma. Uno que solo yo domino. Que la drogaran fue una ofensa. Una mancha en mi orgullo. ¿Cómo alguien se atreve a pensar que necesito una maldita sustancia para quebrar a una mujer? Yo no la necesito. Nunca la necesité. Con mis manos basta. Con mi voz basta. Con mi voluntad basta. Y aún así, esa perra me mordió, me golpeó, me desafió. Sonrío, dejando que la ceniza caiga sobre el suelo del auto. Eso no me enfurece. Al contrario. Lo que otros llamarían insolencia, yo lo llamo un desafío digno. Porque Allison Blake no es como las demás. Ella me pertenece no por sumisión, sino porque en su resistencia encontré algo que nunca había probado: la tentación de quebrar lo intacto. Y lo haré. Lo juro por cada gota de sangre que empapó mi traje esta noche: nadie más va a tocarla. Nadie. Cuando vuelva a tenerla entre mis manos, ya no será bajo el efecto de una droga. Será consciente. Será su decisión… aunque la obligue a tomarla. Me inclino hacia atrás, dando una última calada. El amor no existe. La obsesión, sí. Y yo ya marqué la mía. Cuando volvemos al bar, me bajo del auto, dejando que el humo del cigarro se mezcle con el olor metálico de la sangre que todavía empapa mis mangas. El cuerpo del bastardo cuelga frente a mí, inerte, irreconocible bajo la cantidad de cortes que lo marcaron como un mapa de mi poca paciencia. Me acerco lo suficiente para mirar su cara destrozada. No hay culpa. No hay compasión. Solo la certeza de que obtuvo exactamente lo que merecía. —Cóselo —ordeno, mi voz seca como un disparo—. Quiero que le incrusten esas palabras en el pecho, con aguja y tripa si es necesario. Uno de mis hombres me observa, esperando que repita, como si dudara haber escuchado bien. Lo fulmino con la mirada. —"Nadie toca lo que es mío". Que todos lo lean. Que todos lo entiendan. El silencio es sepulcral, solo roto por el crujido de la cuerda que sostiene al muerto. Me enciendo otro cigarro, inhalo hondo y señalo el edificio. —Quémalo. Todo. Con la gente adentro. El más joven traga saliva. —¿Incluso los inocentes, capo? Exhalo el humo directo a su cara y sonrío de lado. —En esta ciudad no hay inocentes. Y si los hubiera… que vayan corriendo con su Dios. —Suelto una carcajada baja, venenosa—. A ver si ese cabrón baja del cielo a salvarlos del fuego. Aunque todos saben la verdad: aquí el único dios soy yo. Unos segundos después, las botellas de licor más fuertes—ron, vodka, aguardiente—empiezan a estrellarse contra el suelo, el líquido se desliza como riachuelos transparentes que empapan la madera reseca, las paredes carcomidas y esas cortinas que aún apestan a humo rancio. Suelto una carcajada seca. ¿Gasolina? ¿Para qué carajos? Este tugurio ya está lleno de combustible barato. Enciendo un cigarro y aspiro profundo, disfrutando el momento. Sé lo que viene. El espectáculo será rápido, brutal, imposible de ignorar. Me inclino una vez más sobre el cadáver colgado y le acomodo la cabeza hacia el frente, como si aún pudiera mirar a los que lo verán. —Que sirva de advertencia. Nadie juega conmigo. Nadie. Chasqueo los dedos. La chispa enciende. Y el infierno empieza a devorar la noche. Salimos de ahí y apenas cierro la puerta del auto, los gritos empiezan a retumbar en la calle. Hombres, mujeres, todos pidiendo ayuda, golpeando las ventanas como ratas atrapadas en su propia madriguera. Yo me recuesto en el asiento, enciendo otro cigarro y sonrío mientras el fuego se los traga. El caos tiene su propia música… y yo disfruto cada maldita nota. De reojo noto a Riccardo, el más viejo de los míos, mirándome con ese brillo de miedo en los ojos. Después de tantos años a mi lado todavía tiembla. Suelto el humo despacio y lo miro con sorna. —¿En serio, Riccardo? —mi voz se desliza como veneno—. Tantos años conmigo… ¿y aún no entiendes con quién caminas? Una risa siniestra me sube desde el pecho y estalla en la cabina antes de que vuelva a acomodarme en el asiento. El motor ruge, y dejamos atrás las llamas como si fueran un recuerdo más de mi colección. El fuego sigue devorándolo todo cuando apoyo el codo en la ventana abierta. El humo me arde en la garganta, pero lo disfruto… igual que disfruto los gritos de los que no pudieron salir. No hay sinfonía más perfecta que el caos que dejo a mi paso. Pero, aun con ese espectáculo ante mis ojos, mi cabeza no se queda ahí. Vuelve a ella. Allison. Su cara descompuesta entre placer y rabia, sus gemidos ahogados contra mi boca… y esa maldita inocencia que descubrí en su cuerpo. Una joya intacta en medio de tanta podredumbre. Vuelvo a reírme solo, porque sé que no he terminado con ella. Ni de cerca. Giro el rostro hacia Riccardo, que aún maneja con el miedo clavado en los nudillos del volante. —Síguele el rastro a la muchacha —ordeno, mi voz baja, firme, sin necesidad de repetirlo—. Quiero saber cada paso que dé, cada respiro, cada persona con la que hable. Él asiente en silencio, como si temiera incluso mirarme. Yo me reclino de nuevo, encendiendo otro cigarro mientras el calor del incendio se va quedando atrás. No me engaño: no es solo un capricho. Lo que siento por esa chica se clava como aguja bajo la piel. Es atracción, sí… pero también hambre. La idea de ser el primero en profanarla, de marcarla como mía, me excita más que cualquier otra mujer que haya tenido. Es casi como una droga… y lo peor es que ya estoy adicto. Muy pronto, Allison Blake volverá a mirarme a los ojos. Muy pronto, su resistencia se va a quebrar. Entro en la mansión y lo primero que me encuentro es lo de siempre: una puta de turno, lista para abrir las piernas como un perro bien entrenado. Ni siquiera me molesto en mirarla bien. Cabello teñido, maquillaje barato, perfume que intenta cubrir el hedor de sudor y desesperación. No me interesa, pero está aquí, y puedo usarla. Eso es suficiente. —Inclínate —ordeno con frialdad, sin darle espacio a pensar. Ella obedece de inmediato, casi aliviada de que le diga qué hacer. No hay deseo en mí por ella, solo la costumbre de saciarme cuando lo necesito. Me pongo el preservativo y la penetro. Mientras la tomo, con la misma paciencia con la que encendería un cigarro, mi mente no está en esa carne gastada. No. Vuelvo a pensar en los gemidos de la maldita virgen, en la forma en que se arqueaba bajo mis dedos. Tan cabrona y salvaje, pero intacta. Eso… eso no tiene comparación. La mujer gime como una zorra en celo y me da asco. No es placer lo que siento, solo una descarga mecánica, una manera de apagar la tensión. Lo único real, lo único que de verdad me hace sonreír, es la certeza de que tarde o temprano volveré a meter mis manos en esa abertura virgen que nadie más ha tocado. Esa pequeña conejita será mía, y cuando lo sea, nada ni nadie podrá cambiarlo.
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