SALVATORE.
La misión ya está hecha. Enciendo un cigarro con la misma calma con la que otros rezan y subo al auto. El humo me llena los pulmones mientras un trago de whisky me quema la garganta. Giro apenas la cabeza hacia mi hombre, el que siguió a la conejita durante todo el día.
—¿Y bien? —pregunto, exhalando el humo por la ventanilla—. ¿Algo fuera de lo común?
El cabrón titubea antes de abrir la boca.
—Capo, la muchacha fue al bar… o lo que quedó de él. Después caminó por las calles, preguntando por trabajo… eso creo. Está tan despistada que ni se dió cuenta que la seguía. Pero… se sabe defender, jefe. Golpeó a unos tipos que intentaron propasarse.
El whisky se me vuelve amargo en la lengua. Siento un calor áspero subirme al pecho, pero no lo nombro. No son celos. Nunca.
—¿Y ya les cortaste los dedos a esos malnacidos? —escupo la pregunta.
El imbécil me mira como si no entendiera.
—¿Disculpe, capo?
El vaso se me escurre de la mano antes de que pueda contenerme y lo estrello contra su pecho, empapándolo en whisky.
—¡Maldita sea! ¿Qué parte de “nadie toca lo que es mío” no entendiste?
El silencio pesa dentro del auto. Lo rompo con mi voz, seca, cortante.
—Para eso estás con ella. No me importa si respira, si llora, si se arrastra. Matas sin dudar a cualquiera que se atreva a mirarla más de la cuenta. ¿Entendido?
El tipo asiente, nervioso, una y otra vez.
—Ve a hacer tu maldito trabajo —gruño, clavándole la mirada como un cuchillo—. Y no te despegues de ella ni un segundo.
La puerta se abre de golpe, él baja casi corriendo y yo me quedo en la oscuridad del auto, fumando, con el sabor del whisky mezclado al hierro de mi rabia. La camioneta arranca a toda velocidad, y no puedo evitar sonreír. Allison todavía no entiende… pero pronto lo hará.
El motor ruge mientras la ciudad se va desdibujando en las ventanas. Le doy la última calada al cigarro y dejo que la brasa ilumine por un segundo el interior del auto. El humo me acompaña, como siempre, más fiel que cualquier mujer.
La madre de la conejita está viva porque yo quise que lo estuviera. Un capricho mío, nada más. El bisturí del médico, las máquinas del hospital, hasta el aire que respira… todo es un préstamo que sale de mis manos. Y aun así, Allison me lanza esa mirada de odio, me insulta como si fuera yo el que se aprovecha de ella. No entiende nada. Sin mí, ya estaría llorando sobre un cadáver frío.
Pero lo que realmente me hierve la sangre es pensar en esos desgraciados que intentaron tocarla. Ni siquiera tuvieron éxito y aun así me revuelve el estómago imaginarlos cerca de su piel. Nadie tiene derecho a mirar lo que me pertenece. Nadie. El solo pensamiento de otro hombre rozándola me da ganas de partirle los dedos, uno por uno, hasta que no quede nada más que muñones temblorosos.
Exhalo el humo y sonrío de lado. Ella puede resistirse todo lo que quiera, puede escupir mil palabras, pero al final siempre será igual: su mundo gira porque yo lo permito. Y cuando llegue el momento… no habrá más escapatoria.
Mi pequeña conejita… malditasea si el apodo no le va como anillo al dedo. Corre, tiembla, se esconde… pero al mismo tiempo patea, muerde y me enfrenta como si no supiera que tarde o temprano siempre termino atrapándola. Un conejo asustado que enseña los dientes cuando lo acorralan. Eso es lo que más me jode y lo que más me fascina. Tiene esa inocencia que no he visto en ninguna otra, esa pureza que quiero manchar con mis manos hasta dejarla temblando, rota… mía. La llamo conejita porque eso es lo que es: una presa que aún no entiende que el cazador ya le puso el ojo encima, y que aunque intente resistirse, no hay escapatoria. Y lo peor de todo… es que hasta en su resistencia me pertenece.
No noto lo fuerte que me mordió hasta que me toco la zona y veo la sangre manchando la camisa. Una salvaje… mi pequeña conejita. Cuando la arrincono, enseña los dientes y muerde como si quisiera atravesarme la piel. Frágil y feroz al mismo tiempo.
Cuando al fin llego a casa, la tensión todavía me quema las venas. Intento perderme en algo parecido a la cotidianidad, aunque esa palabra me suena a burla. Entre la conejita y la maldita carga que viene en unos días al puerto, mi cabeza es un caos.
Entro, me arranco la camisa de un tirón y la dejo caer en el suelo. Camino a la cocina. Dos de los míos están allí hablando de nada, llenando el aire con su mediocridad.
—Lárguense —escupo. No necesito gritar. Ellos saben lo que pasa si me hacen repetir una orden.
Cuando se esfuman, agarro un cuchillo. Lo hago girar entre los dedos antes de clavar el filo en la tabla. Empiezo a cortar carne. No cocino porque lo disfrute. Lo hago porque necesito dominar algo, aunque sea una sartén. Cada corte es una forma de callar los ecos de su voz insultándome, de su cuerpo retorciéndose entre odio y deseo.
La sartén chisporrotea y el olor a carne dorándose se mezcla con el humo del cigarro que dejé en el cenicero. Pico con precisión, cada corte limpio, cada movimiento calculado. Cocinar para mí no es placer, es control. Y el control es lo único que evita que termine estrellando la cabeza de alguien contra la mesa.
—Ciao, caro —su voz me llega antes de que la vea. Francesca. Siempre sabe cuándo aparecer como un maldito fantasma con tacones.
La miro de reojo. Elegante, arrogante, hija de un político podrido hasta la médula. Gracias a ella, toneladas de mi mercancía cruzaron fronteras sin que un perro olfateara nada. Es mi socia, mi amiga y, cuando el deseo se impone, también mi amante.
Se apoya en el marco de la puerta con esa sonrisa torcida que me enciende la rabia.
—Sé demasiado bien que si estás metido en la cocina es porque algo te quema por dentro… o porque planeas algo grande y peligroso.
El cuchillo se detiene un segundo en mi mano. Me hierve la sangre de lo mucho que me conoce.
—Lárgate, Francesca —gruño.
Ella ríe bajo, provocadora, como siempre.
—Tienes demasiada tensión encima, tesoro. Y nada mejor para eso que un buen polvo.
Aprieto la mandíbula, el filo del cuchillo cruje contra la tabla. No sabe cuán cerca está de que la mande al demonio.
Francesca apaga los fogones con esa sonrisa de zorra que siempre lleva pegada. Se me acerca con calma felina, me toma del cuello y me besa como si pudiera arrancarme el alma a bocados. Yo suelto el cuchillo, dejo que se estrelle contra la encimera, y la manoseo como quien toma posesión de lo que ya le pertenece. Mis manos saben exactamente dónde apretarla, cómo encenderla. Ella gime rápido, porque está acostumbrada a ceder ante mí. Siempre ha sido así.
La levanto y la acomodo sobre el mesón sin esfuerzo. Se abre de piernas como la puta experimentada que es, y descubro con desprecio que no trae nada debajo. Ni una braga, nada. Se cree lista, atrevida. Yo la acaricio ahí, sintiendo el calor húmedo de su carne, dispuesto a saciarme como siempre lo hago.
Pero entonces… me golpea la maldita imagen de la pequeña conejita. Su aroma pegado a mi piel, la forma en que su espalda se arqueaba bajo mi lengua, el sonido ahogado de su placer luchando contra su odio. Joder… ese contraste imposible que ninguna otra mujer me ha dado.
Y justo ahí, cuando debería hundirme en Francesca y demostrarle por qué nadie se me compara, me doy cuenta: mi erección se ha desvanecido. Un insulto. Una traición de mi propio cuerpo. Aprieto la mandíbula, maldigo entre dientes.
No es que no pueda, jamás ha habido una mujer capaz de dejarme en ridículo. Es que esa maldita conejita se me ha metido en la sangre, en la mente, en cada maldito rincón de mí. Francesca está aquí, abierta y dispuesta, pero no me da nada. Está usada, gastada. Una copa vacía.
Allison, en cambio… ella es la condena. Lo intacto. Lo prohibido. Lo que aún no ha sido mancillado más que por mis manos y mi lengua. Y ahí, en medio de mi rabia, lo único que quiero es poseer a la pequeña salvaje hasta que no quede nada de esa resistencia y mandar a Francesca al carajo.