SALVATORE.
La sangre tiene un olor metálico que nunca se va. Se pega a la piel, a la ropa, incluso al aire.
Yo la huelo y sonrío. Para mí no es un estorbo… es un perfume.
Estoy limpiándome las manos con un paño blanco que ya no tiene nada de blanco. Cada trazo arrastra restos de saliva y sangre, el recuerdo de los dientes que acabo de arrancar uno por uno. No hay prisa; disfruto el ritual. El sonido de las muelas rompiéndose siempre me ha parecido una música más honesta que cualquier ópera italiana.
El bastardo frente a mí tiembla. Apenas puede sostener la mirada, tiene la boca hecha una masa de carne y sangre. Entre gemidos, murmura:
—Po… por favor… mi esposa… mi hijo…
Suelto una risa baja, seca. Le tomo la cara con violencia, obligándolo a mirarme.
—¿Tu esposa y tu hijo? —repito, arrastrando las palabras con sarcasmo—. Qué bonito. Entonces mis hombres deberán encontrarlos. No quiero dejar viudas llorando ni huérfanos llenos de odio por ahí. Es mejor que toda tu familia se reúna… ¿no lo crees?
El hombre gime, intentando mover la cabeza en un “no” que apenas se nota. Sus ojos imploran algo que no pienso darle.
Me levanto, aliso mi chaqueta negra y me giro hacia mis hombres. Tres de ellos esperan mis órdenes, rígidos, atentos.
—Sáquenle hasta la última maldita palabra —ordeno con voz grave—. No me importa cuánto tarde. Quiero cada trozo de información, cada secreto, cada lugar donde se esconde su maldita familia Mancuso. Y cuando ya no quede voluntad en él… termínenlo.
El hombre rompe a sollozar, escupiendo sangre al suelo. Apenas puede respirar entre tanto dolor. Yo, en cambio, me enciendo un cigarro con calma. Aspiro el humo, dejo que me llene los pulmones y exhalo como si nada hubiese pasado.
Camino hacia la salida de la bodega. Justo antes de cruzar la puerta, me detengo. Giro la cabeza apenas, con una sonrisa torcida en los labios.
—Asegúrense de arrancarle también el alma. —Hago una pausa, disfruto el silencio de terror—. No vaya a ser que le quede algo de fe en Dios.
Y salgo.
La noche me recibe con aire frío y el cigarro ardiendo entre mis dedos hasta que es consumido en su totalidad. La tranquilidad me envuelve. Afuera, todo parece en calma… aunque adentro, los gritos ya comienzan otra vez.
Subo a mi camioneta blindada, un Maserati Levante n***o mate que podría resistir un maldito misil. El cuero huele a nuevo y el rugido del motor me arrulla como una promesa de poder. Cierro la puerta de un golpe, enciendo otro cigarro y espero a que mi hombre de confianza abra la boca.
—Capo… —dice Riccardo Moretti, girándose desde el asiento del copiloto—. Tenemos noticias. Don Fabrizio Romano lo espera para una reunión en el Fiore Rosso.
Frunzo el ceño, dejo escapar humo por la nariz.
—¿Fiore qué carajo? Nunca he oído de ese sitio.
Riccardo baja la voz, como si nombrar el lugar fuera vergonzoso.
—Es un bar de mala muerte, dentro de nuestras propiedades, pero lo bastante alejado para no levantar sospechas. Fabrizio pidió verlo allí. Dice que es “más seguro”.
Suelto una carcajada que hace retumbar el interior de la camioneta.
—Ese hijo de puta desconfiado… como si yo necesitara sus juegos de ratón.
—Capo… —responde Riccardo con una sonrisa prudente—, esa fama se la ha ganado usted. Nadie sabe si viene a cerrar un trato… o a abrir un ataúd.
Me río con sorna, echando la cabeza hacia atrás, disfrutando del comentario.
—Maldita sea… tienes razón. —Le doy una calada larga al cigarro, la brasa ilumina mis dedos—. Pero da igual. Si Fabrizio quiere ver fantasmas, yo se los pintaré.
Me acomodo el saco, me relajo en el asiento y suelto con pereza:
—Como sea… después de esa dichosa reunión, pienso follarme a cuanta puta se me atraviese. Un poco de diversión nunca mata.
El chófer arranca. La camioneta se desliza por las calles de Montenero mientras, a lo lejos, los gritos del desgraciado en la bodega aún me siguen como un eco delicioso.
La camioneta se detiene al fin frente al Fiore Rosso después de un rato de trayecto. El sitio apesta a humo rancio y a decadencia desde la acera. El letrero de neón parpadea como si estuviera a punto de fundirse. Exhalo humo, aplasto el cigarro contra el vidrio de la puerta y salgo sin esperar a que nadie me la abra.
Estoy exasperado, ansioso, sin paciencia. El aire aquí es denso, cargado de sudor y perfume barato.
El dueño del lugar aparece en cuanto me ve. Gordo, sudoroso, con un traje barato que parece dos tallas más chico. Se inclina casi hasta tocar el suelo, la sonrisa falsa le tiembla en la cara.
—Señor Giordano… qué honor tenerlo aquí, en mi humilde establecimiento. Es… un privilegio que nos visite.
Lo observo con asco.
Un hijo de puta lambón. Lame botas hasta la médula.
—Deja de arrastrarte, —gruño con fastidio—. Y mándame dos mujeres de inmediato.
El gordo asiente con tanta rapidez que parece que se le va a romper el cuello. Da órdenes con las manos temblorosas y, en segundos, dos chicas se acercan. Jóvenes, pintadas, con vestidos cortos que apenas cubren lo necesario. Sus ojos me recorren con un brillo entre miedo y deseo. Eso hace que mi humor cambie de golpe; la impaciencia se suaviza, el genio mejora.
Avanzo hacia la mesa donde Fabrizio Romano ya me espera. Está nervioso, lo noto en cómo juega con el vaso y cómo sus manos tiemblan. Cuando me siento, lo hago con arrogancia, como si el lugar me perteneciera. Y en cierto modo, así es.
—Hablemos del armamento —digo directo, sin rodeos—. Quiero el cargamento completo en dos dias: rifles, municiones y explosivos. No quiero excusas.
Mientras hablo, jalo de la cintura a una de las mujeres. La acomodo sobre mis piernas, levanto su blusa sin pedir permiso y beso sus pechos desnudos como si estuviéramos solos. Ella suelta una risa aguda, igual que una gatita en celo, arqueando la espalda para ofrecerse más.
Eso me arranca una sonrisa de satisfacción. Ninguna mujer puede resistirse a mí. Nunca.
Miro a Fabrizio de reojo, noto la incomodidad pintada en su cara. Perfecto. Me encanta verlo tragarse su nerviosismo mientras yo disfruto de lo que quiero, cuando quiero.
La música de fondo me taladra la cabeza. Una mierda de acordeón y guitarras que suenan desafinadas. Ya estoy harto de este tugurio, de su olor a rancio y humedad.
De pronto, la música se detiene. Silencio absoluto.
No ruedo la mirada, no me interesa. Este lugar podría incendiarse ahora mismo y yo seguiría igual. Lo único que importa es cerrar el maldito trato.
—El precio es este —dice Fabrizio, deslizando una hoja con la cifra escrita.
Cuando mis ojos la recorren, siento cómo la ira se enciende en mi pecho. Es demasiado. Una burla.
—¿Qué carajo es esto? —gruño.
La mujer sobre mis piernas apenas alcanza a gemir cuando la empujo con fuerza, mandándola lejos como un estorbo. Me inclino hacia Fabrizio, la mirada fija, las venas latiendo en mi sien.
—En eso no quedamos, hijo de puta.
Fabrizio retrocede, palidece al instante. Sabe quién soy. Sabe de lo que soy capaz. Una sola palabra más y le arranco la cara a golpes. El silencio de la sala se hace más denso, todos observan, expectantes, como si el aire mismo se negara a moverse.
Y entonces… una voz.
Suave, limpia. Un hilo de música se cuela en medio de mi rabia. Una voz que corta la tensión y me obliga a alzar la mirada, apenas un poco.
Ahí está ella.
En el escenario, bajo la luz mortecina, una pelinegra de ojos azules se adueña del lugar. Su vestido n***o abraza sus curvas como una provocación, marcando una cintura delgada y un par de piernas que parecen hechas para estar abiertas en mi cama. La tela sencilla no esconde la forma de sus pechos firmes, ni la manera en que cada nota los hace subir y bajar tentadoramente.
Su boca es lo primero que me enciende: labios carnosos, rojos, húmedos, perfectos para ahogarle los gemidos cuando la folle contra una pared. El contraste de esa piel clara con el cabello oscuro que le cae en ondas me hace pensar en una virgen disfrazada de puta.
La miro y solo veo carne lista para ser usada.
Otra más en este antro.
Pero esta… esta me la voy a follar hasta que no pueda cantar una sola nota más.
Me la voy a follar sin dudar en cuanto termine de arreglar cuentas con este cabrón.
Mi atención vuelve a Fabrizio, que suda y se revuelve nervioso.
—Está bien… podemos bajar la cifra —balbucea.
No le doy tiempo. Saco mi pistola y la apoyo contra su frente. El bar entero se hunde en un silencio sepulcral. Nadie respira, nadie se atreve a moverse.
—Ya no me da la gana pagarte lo que acordamos. —Mi voz es fría, mortal—. Por codicioso, voy a pagarte la mitad. Y si no te gusta… ahora mismo dejo tu cerebro esparcido sobre la mesa.
Fabrizio asiente sin titubear, los labios temblándole.
—Acepto, Capo. Lo acepto.
Guardo el arma despacio, disfrutando de cómo se queda con el alma colgando de un hilo.
Vuelvo a mirar al escenario. Ella sigue ahí, cantando como si no supiera que este lugar apesta a muerte. Sus ojos brillan con una intensidad que me irrita y me atrae al mismo tiempo.
Sonrío de lado. La rabia que me quema solo puede apagarse de una forma: follándome a esa mujer como un animal.