CAPÍTULO TRES

2013 Words
ALLISON. El calor empieza en mi pecho y se extiende como fuego líquido por mis venas. Mi piel arde, cada terminación nerviosa despierta con violencia. El roce de mis propios dedos en mi cara me resulta irreal, como si fueran manos ajenas acariciándome con una dulzura venenosa. La sensación me arranca un suspiro que no reconozco como mío. —¿Qué… qué me hicieron? —murmuro, mirando mis manos temblorosas. Levanto la vista y lo veo. El capo. La frente le sangra aún por el golpe que le di, pero nada en él parece debilitado. Al contrario: su sola presencia hace que todos en el bar enmudezcan, petrificados. El dueño se adelanta, con la voz temblorosa. —Perdone la insolencia de la chica, capo. Ella no está acostumbrada a este tipo de cosas… no hace parte de mis putas. Pero la preparé para usted. Le aseguro que esta vez no va a protestar. Le he dado un afrodisíaco sintético tan potente que hará lo que sea para que usted se la folle. El silencio se vuelve sepulcral. Salvatore suelta una risa seca, macabra, que hiela hasta el aire. Da un paso hacia el hombre y lo fulmina con la mirada. —¿Qué mierda te hace pensar que yo necesito drogar a una mujer para follármela? —su voz retumba con arrogancia, gélida y brutal—. Maldito imbécil. El hombre contiene la respiración, bajando la cabeza como un perro que acaba de recibir un golpe. El capo se vuelve hacia mí. En dos pasos me alcanza, y antes de que pueda retroceder, me levanta con una facilidad insultante, arrojándome sobre su hombro como si fuera un saco vacío. Mis pataleos son inútiles. El mundo me da vueltas mientras él me lleva de regreso a esa maldita habitación, cerrando la puerta tras de sí con un portazo. Me deja caer en la cama, y el contacto con las sábanas me quema la piel. —¿Qué es esto…? —jadeo, aferrándome al colchón—. ¿Por qué me siento tan… extraña? El sudor me recorre como gotas ardientes, empapándome. El fuego interno es insoportable, me consume desde dentro. Quiero arrancarme la ropa, necesito despojarme de todo, aliviar aunque sea un poco esta locura. Lo hago. Entre jadeos, arranco el vestido ya rasgado, quedando solo en ropa interior. La tela se pega a mi piel húmeda, marcando cada curva. El capo me observa, de pie, con esa sonrisa torcida en los labios. Sus ojos grises se pasean por mi cuerpo como cuchillas, disfrutando cada segundo de mi tormento. —¡Agua! —grito, desgarrando el aire mientras me aferro a las sábanas. La sensación es adictiva, placentera, desconocida. Una mezcla insoportable de deseo y agonía que jamás había experimentado. Y él… él se queda allí, mirándome, disfrutando de mi lucha contra mí misma, como un verdugo que saborea la desesperación de su víctima. Después desaparece un momento y aparece frente a mí con un vaso de agua. Lo sostiene como si me estuviera ofreciendo la salvación. Yo lo arrebato de sus manos y lo bebo de un solo trago, sin respirar, desesperada por apagar el fuego que me consume por dentro. Al momento de devolvérselo, sus dedos rozan el dorso de mi mano. Es apenas un contacto, una caricia mínima… pero la sensación es devastadora. Un escalofrío me recorre entera y se acumula en un punto bajo, entre mis piernas, arrancándome un gemido involuntario. El sonido flota en el aire, húmedo, vergonzoso, y él gruñe. Grave, profundo, como una bestia excitada. Deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco y vuelve hacia mí. Su mano se desliza desde mi clavícula hasta mi cuello, apretando con la fuerza suficiente para recordarme quién manda. Su boca atrapa la mía, besándome con violencia, con hambre, con esa necesidad de poseer que me corta la respiración. —Cabrón… hijo de puta... Abusador—murmuro contra sus labios, con el veneno de mi lengua intacto aunque mi cuerpo tiemble de deseo inducido. Porque mi cuerpo puede estar vulnerable, pero mi mente sigue resistiendo. —Eres una maldita fiera salvaje… nada que no pueda manejar —susurra contra mi cuello antes de morderme con tanta fuerza que siento el ardor mezclarse con un placer enfermo que no debería existir. Gimo. Dios, gimo como si lo deseara. Lo odio por eso. Quiero golpearlo, quiero hundirle algo en la cabeza hasta dejarlo inconsciente otra vez, pero mi cuerpo no me responde. Se arquea, tiembla, suplica por él. No por mi voluntad, sino por esa maldita cosa que corre por mis venas quemándome viva. Se aparta de golpe, y su ausencia me quema más que sus manos. —Quiero que me supliques —ordena, su voz ronca, profunda, como si estuviera pronunciando una condena. Trago saliva con dificultad. No le respondo, no pienso darle el gusto. Pero apenas roza la curva de mi cadera, apenas deja que sus dedos me acaricien como si me castigara con migajas, me arqueo sola, lo busco. Mis manos tiemblan cuando atrapan las suyas. Él sonríe con esa crueldad que me dan ganas de escupirle en la cara. —No te daré nada hasta que llores y me ruegues como la puta que eres. Sus palabras me desgarran. Mi mente grita que no, que yo no soy eso. Pero mi cuerpo… mi cuerpo lo traiciona todo. La droga anula cualquier pensamiento, y el calor se concentra entre mis piernas, pulsando, quemando, haciéndome gemir bajo su mirada. Sus manos están tan cerca… tan malditamente cerca de donde las quiero, que me vuelvo loca. Busco que me toque, que sus palmas se hundan en mis pechos, que acabe con esta tortura, pero él se resiste. —Dilo… —su voz es un látigo—. Trágate tus malditas palabras de que no eres una puta. Trágate la mentira de que no le abres las piernas a todos los hombres de este bar como la zorrita que eres. Tiemblo cuando apenas roza mis pezones por encima de la tela. Mi cuerpo reacciona como si me quemaran viva y me odio por ello. —De nada sirve que te resistas, conejita… —su voz se clava en mi piel como cuchilla—. Dilo. Dime: Capo, Salvatore, tóqueme, por favor. La rabia me sube como un vómito, pero el calor entre mis piernas me destruye. Estoy atrapada en mí misma, peleando contra lo que siento y lo que soy. No quiero ceder, no quiero ser esa mujer que él cree, pero su voz me aplasta, su mirada me desarma, y lo peor de todo: mi cuerpo ya lo suplica sin palabras. —No quiero que quede en ti ninguna duda… —añade, cruel, rozándome apenas en la intimidad con un leve pase de sus dedos que me arranca un gemido involuntario—. Hago lo que quiero, cuando se me da la puta gana. Me muerdo el labio con fuerza, los ojos se me llenan de lágrimas, y las palabras salen solas, como un veneno que me trago con asco: —Por favor, Capo… se lo suplico. Y me odio. Me odio porque mi cuerpo vibra de placer cuando debería estar llena de ira. Porque siento que estoy perdiendo la guerra dentro de mí. Sus labios vuelven a devorarme, profundos, violentos, hasta arrancarme el aire. Sus manos descienden y me agarro al colchón, temblando. No… no puede estar haciendo esto. —Mira lo mojada que estás… —jadea contra mi boca, y la vergüenza me atraviesa como un cuchillo. Un gemido se escapa de mi garganta, ronco, involuntario, como si no me perteneciera. Sus dedos se deslizan sobre un punto que me enciende de golpe, un lugar de mi cuerpo que jamás había tocado. Mi espalda se arquea sola, mi respiración se corta, mi corazón late con tanta fuerza que siento que va a estallar. No entiendo lo que me sucede. Nunca me he permitido esto, ni siquiera conmigo misma. Mi cuerpo vibra, me arranco contra su mano como si fuese una adicta buscando más. Una sensación desconocida me consume, un calor que me sube por el vientre, que me quiebra por dentro hasta arrancarme un grito ahogado. Me odio por sentirlo. Me odio por necesitarlo. Pero no puedo detenerlo. —Podría meterte la polla de un tirón y quedaría empapado de tí… —jadea contra mi boca. El miedo me atraviesa como una lanza. Sé lo que insinúa. Sé lo que podría arrebatarme en este instante. Lo único que he cuidado con tanto recelo. Su dedo se abre paso dentro de mí. Placer y dolor se mezclan en una oleada insoportable que me arranca un sollozo. Entonces se detiene. Sus ojos me miran con algo que nunca había visto en un hombre como él: desconcierto, deseo, oscuridad pura. —Mierda… —gruñe, tomando aire por la nariz. Su mirada vuelve a mí, más enferma, más posesiva que antes—.Joder... De verdad, nadie te ha follado? La vergüenza me quema. No tengo que preguntarle cuántas mujeres conoce, cuántas ha poseído. Su certeza en mi cuerpo me lo dice todo. —Maldita sea… —murmura, pero no es rabia, suena a contención, como si le doliera tener que detenerse. Sus dedos vuelven a moverse dentro de mí y el placer renace con una fuerza brutal, tanto que mis piernas tiemblan. Su boca captura la mía otra vez, áspera, hambrienta, mientras jadea contra mis labios: —Yo voy a ser el primero. Eso te lo juro, pequeña. Un gemido me escapa de lo más hondo y me aferro al colchón con desesperación. —Nadie más que no sea yo va a tocarte… Ese regalo queda reservado para mí. Sus palabras son como cadenas que me atan. Gruñe, devorándome con un beso cargado de deseo contenido. —No te follo ahora porque no tendría sentido poseer a alguien que no está en sus cinco sentidos. Quiero que seas tú quien termine dándome ese regalo… por voluntad, con sumisión. No imaginas lo mucho que te vas a arrepentir por haberme desafiado, Allison. El calor dentro de mí explota sin control, una ola salvaje que me atraviesa entera. Mi espalda se arquea, mi garganta suelta un grito quebrado y me sacudo bajo su mano como si me desgarrara por dentro. Nunca había sentido algo así. Nunca. Es devastador, incontrolable, como si me quemara desde la piel hasta los huesos. Su boca me silencia, tragándose mis gemidos, robándose incluso ese instante de liberación. De pronto se aparta de mí. Mis pulmones luchan por aire, mi cuerpo aún se sacude con los restos de esa sensación desconocida que me ha dejado temblando. Lo veo moverse, colocándose con una rodilla a cada lado de mi torso, atrapándome bajo su peso. Me baja lo que queda del brasier y sus ojos grises, ennegrecidos por la lujuria, se clavan en mí como cuchillas. Empieza a tocarse, jadeando, sin apartar la mirada de mi rostro agotado. Apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero lo veo… lo siento. Ese poder, esa amenaza muda que impregna cada movimiento. Su respiración se vuelve más áspera, su pecho se agita, hasta que un gruñido gutural escapa de su garganta y se derrama sobre mis pechos. Cierro los ojos, el calor pegajoso me cubre la piel y me siento al mismo tiempo asqueada y atrapada, incapaz de borrar la imagen de su mirada encendida sobre mí. Se inclina apenas, rozando mi oído con su voz ronca, un susurro cargado de promesa oscura: —La próxima vez que nos veamos, mi esencia va a quedar esparcida entre tus piernas… eso te lo aseguro, conejita. Un escalofrío recorre mi espalda. Sé que no es una amenaza vacía. Es una condena. Quiero odiarlo, quiero arrancarme esta sensación, pero mi cuerpo está exhausto, traicionado por la droga, por el placer, por el miedo. Mis párpados pesan como plomo. Intento mantenerlos abiertos, no darle el gusto de verme caer… pero no puedo. El cansancio me arrastra, la oscuridad me envuelve. Lo último que alcanzo a ver son esos ojos grises mirándome fijamente, como si me hubiera marcado para siempre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD