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¡Che, al otro día en San Martín se armó un quilombo bárbaro! Valeria, Daniel y Ana encararon el desayuno en una onda bien densa. Los rayos del sol, que entraban por las cortinas, no hacían ni cosquillas a la sombra que flotaba en la casa. Valeria se mandó al frente. Se plantó frente a su vieja, el nudo en la garganta como trompada. —Ana, hay que entender que esto no fue para cagarte la vida. Mi amor por Daniel es posta, pero también te quiero, no es joda. No queríamos que esto pase, posta. Ana, con los ojos llorosos y el corazón hecho trizas, la escuchó sin decir una palabra. Las palabras de Valeria quedaron colgando en el aire como un perfume demasiado fuerte. —No sé si puedo bancarte, Valeria. Armaste un despelote en la familia —tiró Ana, con la voz re temblorosa. El día fue un reju

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