Mientras tanto, en Cindryal, el silencio era una condena. Las calles estaban destrozadas, cubiertas de escombros, ceniza y sangre. Los hogares ardían todavía en algunos sectores, y las antiguas runas que proveían energía y protección titilaban débilmente, fallando una tras otra. Sin la magia de los Sylvaran, los cimientos del reino comenzaban a quebrarse. La reina Alessia observaba la devastación desde una terraza alta del castillo. Su rostro, manchado de hollín y sangre seca, era una máscara de furia y frustración. A su lado, Eris, con el rostro marcado por la batalla y la humillación, apenas podía contener el temblor de sus manos. — Nos arrebataron todo — escupió Alessia, con voz temblorosa — Y dejaron una cicatriz en esta ciudad que no podremos ocultar — — Los esclavos… los animales…

