—No puede ser —susurré con el corazón atragantado en la garganta—. Josephine. Milisegundos luego que mi hermano detuviera el auto abrí la puerta y bajé, corrí hacia el gran portón abierto y sin reparar en el llamado que me hizo GianPaolo avancé a toda prisa por el jardín, el perro atado a una cadena ladró, subí las escaleras y sin hacer caso de los dos policías que adelanté llegué al segundo piso, doblé la esquina y entonces pude divisar a Josephine en el umbral de la puerta de la que supuse su habitación. Los paramédicos estaban sacando a rastras de la habitación una camilla con un cuerpo dentro de una negra bolsa post mortem. Avancé hacia ella rápidamente y con los ojos encharcados me miró, un deje de sorpresa y dolor estaban teñidos en sus brillantes pupilas. —Diana —dij

