Dos días despues
La tarde se había tornado gris, como si el cielo compartiera la tristeza que llenaba el pecho de Aurora. Caminaba por el pasillo de su hogar nerviosa, sus pasos resonando en el silencio. Carlos había llegado a su hogar por la tarde, como siempre, pero esta vez había algo diferente en su mirada. Un vacío. Una desconexión. Era como si estuviera esperando algo, algo que ya no iba a suceder. Ella sabía que Carlos era mujeriego la uncia diferencia era que Daniel se dio cuenta tarde que sentía algo por ella, pero con Carlos solo llevaban 4 meses y esos meses bastaron para darse cuenta quien era él.
Aurora se detuvo frente al espejo del pasillo. Su reflejo le devolvía una mujer que ya no reconocía del todo. Había estado guardando sus emociones por tanto tiempo, silenciando sus dudas, que ahora las palabras se sentían como un nudo en su garganta. Estaba cansada, agotada. Y el peso del amor no correspondido se había convertido en una carga insoportable.
Cuando escuchó la puerta de su hogar abrirse, se dio cuenta de que no podía seguir ignorando lo que había estado sintiendo. Ya no más.
Carlos apareció en el umbral de la cocina, sus ojos brillaban, pero no por la pasión que alguna vez compartieron. Su mirada estaba vacía, como si hubiera dejado de luchar por ella, como si, en su alma, ya hubiera asumido que todo había terminado.
—Aurora... —dijo, su voz llena de esa falsa suavidad que siempre usaba cuando quería que ella bajara la guardia—. Tenemos que hablar.
Aurora levantó la vista, intentando mantener la calma mientras el corazón le latía con fuerza. La conversación que había pospuesto tanto, al fin iba a ocurrir.
—No, Carlos. Ya no tenemos nada de qué hablar —respondió, su voz firme, aunque vacía de emoción. Alzó la cabeza, decidida a que no le temblaran las manos ni la voz. Estaba lista.
Carlos frunció el ceño, como si no pudiera entender lo que estaba pasando. Como si aún creyera que todo iba a seguir igual, como siempre.
—¿Qué quieres decir con eso? Sabes que lo nuestro tiene que continuar. Yo… te necesito, Aurora. —Se acercó a ella, y Aurora dio un paso atrás, sin permitir que la tocara.
—No, Carlos. Ya no te necesito. —El dolor en su voz era real, pero también había algo más: una determinación que lo cambiaba todo. Un fuego que ya no tenía miedo de arder.
Carlos se quedó allí, parado, inmóvil, como si las palabras de Aurora fueran un golpe en el estómago. Parecía desconcertado, sin entender. Finalmente, dio un paso hacia ella, buscando tomar su mano, como si eso pudiera hacerla cambiar de opinión.
—No hagas esto, Aurora. ¿Recuerdas lo que éramos? ¿Recuerdas las promesas? Te amo.
Aurora miró sus manos, las cuales ya no sentía como las suyas. Estaban frías, ajenas. Después, levantó la vista y lo miró directamente a los ojos, ya sin rastro de duda.
—Lo que éramos... ya no existe. No soy esa mujer que te perdona una y otra vez, no despues de verte con 5 mujeres. Ya no voy a seguir viviendo en el pasado, en promesas vacías, en mentiras.
Carlos abrió la boca, como si intentara encontrar las palabras correctas, pero no había nada que pudiera decir para detenerla. El amor que alguna vez existió entre ellos se había desvanecido, y no importaban las explicaciones ni los arrepentimientos que pudiera ofrecer. Ella ya había tomado su decisión.
—Te he amado, Carlos. Te he dado todo lo que tenía, pero tú nunca has sabido cómo valorarlo. Estuve esperando un cambio, esperando que me miraras como la mujer que soy, no como una extensión de tus deseos. Pero eso no va a pasar. No más.
Carlos la miró con el rostro marcado por el desconcierto, pero también por la arrogancia que lo caracterizaba. El silencio entre ellos era denso, pesado.
Aurora dio un paso hacia la puerta, sabiendo que no iba a ser fácil, pero que era lo correcto. El amor no se trataba de sacrificios que nunca eran correspondidos, ni de promesas rotas que solo servían para encadenarlos a una mentira.
—Esto se acaba aquí, Carlos. No puedo seguir viviendo para ti cuando ni siquiera te importa lo que yo necesito. Y, si alguna vez me amaste de verdad, lo entenderías.
Abrió la puerta con lentitud, sin mirar atrás. La decisión estaba tomada, y ya nada la haría arrepentirse. Carlos se quedó allí, inmóvil, mientras ella se dirigía hacia el umbral de su libertad.
—Adiós, Carlos. Que encuentres lo que buscas —dijo, su voz tan baja como el ruido de una despedida que había llegado tarde, pero finalmente estaba aquí.
Carlos salió del hogar de Aurora y minutos después ella salió a tomar aire. Y, mientras caminaba hacia la vida que la esperaba, sintió por primera vez en mucho tiempo una ligera paz en el corazón, como si el amor verdadero estuviera finalmente a su alcance, más allá de los recuerdos rotos y las promesas incumplidas.
Al día siguiente, el reloj marca las 6 de la mañana. Aurora se levanta de la cama, arrastrando los pies mientras el cansancio la envuelve. Se dirige a la ducha, el agua caliente la despierta, pero no logra despejar su mente. Al salir, se viste rápidamente, eligiendo un conjunto que no le hace justicia a la batalla interna que está librando. Se alista para el trabajo, se mira al espejo, pero lo que ve no le gusta. Algo en su interior sigue inquieto.
Baja las escaleras y se encuentra con sus hermanas en la cocina. El aroma de café fresco llena el aire, pero ni eso logra calmar el nudo en su estómago. Piensa en Dante, se pregunta si alguna vez volverá a verlo, si el destino tendrá un plan para ellos o si su vida siempre será una sucesión de desilusiones.
—¿Por qué cocinan tan temprano? —pregunta Aurora, mientras se aplica brillo en los labios, tratando de sonreír, aunque su mirada está distante.
—Casi terminamos, nos faltan solo un par de minutos. Lo empaquetaré en un tarrito para que lo disfrutes en el camino o en el trabajo. Hoy manejaré yo. Puedes comerlo, mi vida —le responde Violeta, sonriendo mientras la observa con una mirada cómplice—. Ya sé en qué estás pensando. Esos ojitos... Eso es el amor, ¿sabes? No te sientas mal por sentirlo, querida.
Scarlette la mira y le lanza un comentario más directo.
—Deberías tomarte el día libre, hermana. Ayer fue un desastre, y el lindo Doctor estuvo cuidándote. Qué bueno que tembló la tierra, ¿eh? Esa es señal de que el destino quiere unirlos. ¿Lo ves?
Aurora no puede evitar fruncir el ceño, aunque sus palabras son suaves.
—Gracias a las dos, pero no necesito quedarme en casa llorando por Carlos. No es la última Coca-Cola del universo por la que deba desvivirme.
Violeta la observa atentamente, como si pudiera leer lo que tiene en su mente.
—¿Todavía amas a Carlos, sientes algo por él? —pregunta.
Aurora se detiene por un momento, pensativa. Scarlette interviene, sin ocultar su desconfianza.
—Carlos, creo que la tienen confundida.
—No sé, hermanas. Estoy hecha un lío. Nunca había recibido tanta atención de Dante. Me siento como si me estuvieran volviendo loca. Y Carlos... no sé qué siento por él. Lo conocí desde la escuela, pero algo en mí me dice que no lo quiero más. Y aunque no me llama, yo tampoco lo buscaré. Estoy confundida —responde Aurora, arqueando una ceja mientras un suspiro escapa de sus labios.
Violeta, con su tono directo, no pierde oportunidad para expresarse.
—Necesitas un descanso. Ayer terminaste con Carlos, ¡es en serio! El doctor Dante sabe cómo calmar tus nervios. Carlos ahí parado, con miedo... Dante es tu futuro, hermana.
Scarlette no se queda atrás.
—Es cierto, no te merece. Carlos es un insensato, mujeriego, petulante. Me alegra que lo hayas dejado. Espero que te encuentres mejor hoy. Cambia esa cara, hermana. La que tienes ahora no te hace justicia. Es como si estuvieras decepcionada por culpa de Carlos. Lo que te hizo no tiene nombre.
Aurora asiente, pero la tristeza sigue presente en su mirada.
—Gracias, de verdad. Pero hoy debo ir al trabajo. No puedo quedarme aquí, llorando.
—Toma cariño, vámonos ya, que llegarás tarde. Ya te empaqué la comida, y ahora sí, cambia esa cara. Recuerda que eres única. Necesitas un hombre que te ame y te trate como un cristal. Carlos ya te quebró, y lo que se raja, ya no se pega —le dice Violeta con una sonrisa.
Una hora después, Aurora llega justo a tiempo al trabajo, pero siente como si algo malo estuviera por suceder. Se sube al ascensor, con el estómago lleno de nervios. Y en el siguiente instante, se encuentra con Carlos.
—Tenemos que hablar —dice él, con la voz áspera.
—No tengo nada que hablar contigo. Mejor lárgate. Estoy dolida —responde Aurora, cruzando los brazos.
—Necesito que seas mi fotógrafa para lo que voy a anunciar dentro de la empresa —insiste Carlos.
Aurora lo mira, despectiva.
—¿Soy el piso 30 y tú el 5? No tengo por qué ayudarte. Además, no soy buena con la cámara. Pídeselo a la que va a ser tu esposa. Ella está más cerca de ti. A mí no me busques, no soy nada tuyo —responde con frialdad.
Carlos la mira, pero su expresión cambia cuando le explica su situación.
—No es mi esposa. Solo hicimos un contrato para que me ascendieran como jefe. Tengo que llamarla novia para cumplir con el contrato. Y, con eso, obtengo mi dinero —dice Carlos.
Aurora, ya cansada, no puede más.
—Está bien, el dinero y tus millones te importan. Pues ve con tu dinero. La comunicación entre tú y yo se acabó. Ya no somos lo que éramos. Entiende que te gusta estar con otras mujeres. Admítelo. Es momento de que hagas algo bien en tu vida —responde Aurora, suspirando con frustración.
Carlos, sin dar su brazo a torcer, intenta tocarla, pero ella lo rechaza de inmediato.
—¡Quítate de mi camino, Carlos! No me toques. No soy tuya. Me quebraste el corazón. No quiero nada de ti —le dice Aurora, su voz firme, mientras cruza los brazos.
Aurora se mete al ascensor, intentando calmarse. Pero en su mente, la guerra continúa. No puede cruzar un límite, no puede imaginarse un final feliz con él. Y, aunque sus pensamientos se enredan, es imposible dejar de pensar en Dante.
Una llamada interrumpe sus pensamientos. Saca el celular de su bolso.
—Aurora —contesta, forzando una sonrisa.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás? Ayer no pudimos llamarte. ¡Feliz cumpleaños, hija! ¿Te casaste? ¿Te dio el anillo? —preguntan sus padres con entusiasmo.
Aurora suspira, cansada de la conversación.
—No me voy a casar. No me dio el anillo. Todo fue una confusión. Carlos me está confundiendo, y yo me siento hundida. No sé si me quiere, es raro lo que me dijo ayer pero ya termine con él. Él está muy indiferente. Se lastima con otra mujer. Solo le importa el dinero. Eso no es amor. Estoy enojada y triste. Lo corté —le responde, su voz rota por la tristeza.
—Hija, sé fuerte. No dejes que te haga esto. Estamos contigo —responden, preocupados.
—Lo hizo, y no cambiará. Ya no le daré oportunidades. Tengo que irme. Estoy entrando a mi oficina. Adiós, los amo. Tengo miedo —dice Aurora, casi en susurro.
—¡Hija, espera! —exclama su madre, pero Aurora ya ha colgado.
Al llegar a su oficina, coloca su bolso sobre el escritorio. Al revisarlo, se da cuenta de que algo falta.
—No puede ser... Perdí mi querido diario y mi DUI —murmura, frustrada.
Una voz masculina la interrumpe.
—¿Buscas tu diario y tu DUI?
Aurora se voltea y se encuentra con Dante.
—¿Por qué siempre apareces sin hacer ruido? No sabía que estabas aquí —le dice, sorprendida.
—Te encontré. Leí en tu diario lo que escribiste. Hay muchas cosas que cuentas ahí —dice Dante, su voz suave y cálida.
De repente, Carlos aparece, interrumpiendo la tensión.
—¿Qué hacen ustedes dos? —pregunta, molesto.
Aurora se da la vuelta, mirando a Carlos con indiferencia.
—Lárgate, Carlos. No soy tuya. Solo había perdido mi diario, y el Doctor lo encontró. Así que, vete. No hagas un drama. Ya te corté y no te daré ninguna oportunidad —responde, mirando a Dante y luego a Carlos, desafiando su presencia.
Carlos, furioso, la mira, pero no dice nada más. Se va, dejando a Aurora y Dante solos.
—¿Por qué me sonríes? —pregunta Aurora, con curiosidad.
—Quiero que seas feliz, y ese tipo no lo hace. Me alegra que le hayas dicho que se largara. Te traje chocolates y unas rosas. Leí en tu diario que ayer fue tu cumpleaños. El chocolate ayuda a mantener una vida feliz. ¿Ves? Ahora estás sonriendo —le responde Dante, con una mirada que la derrite.
Aurora se siente algo sorprendida, pero no puede evitar sonreír.
—¿Cómo sabes que me siento feliz? Eres extraño —dice, con una sonrisa tímida.
Dante se acerca un poco más, pero no la toca. Sus ojos hablan por sí solos.
—Lo sé... Tus ojos lo dicen todo —responde, con voz suave.
—Yo... —responde sorprendida Aurora.
—Lo sé —dice Dante.
Aurora se siente avergonzada por no haber dicho nada, pero sus pensamientos se quedan en él. Algo dentro de ella se siente a gusto en su presencia.
—Tranquila, no te presionaré —dice Dante, como si leyera su mente.
Aurora siente que su corazón late más rápido, pero antes de que pueda decir algo más, una colega interrumpe.
—Disculpen, ¿pueden ayudarme? La computadora se ha trabado —dice Bia, mirando a Dante con curiosidad.
—Claro, arreglamos la computadora. Él es el Doctor Dante, solo vino a dejarme algo importante —le responde Aurora, su rostro aún sonrojado.
—Ah, claro... —responde Bia, intrigada por la situación.
Aurora, sin pensarlo, se acerca a Dante y le da un beso en la mejilla. La conexión entre ellos es palpable, y toda la oficina parece sentir el amor flotando en el aire. Se despiden, y Aurora se siente más ligera, como si una carga se hubiera levantado.