Alonzo De niño siempre me preguntaba quién era mi padre. Si tal vez era un buen hombre o simplemente había tenido sus razones para alejarse de mí y dejarnos atrás. Todo empezó a tener sentido en un segundo. Nunca pude llegar a él o al menos saber su nombre porque no era necesario, porque era un tipo del que ni siquiera algún hijo legítimo se enorgullecería. Ser el hijo de un enemigo tan grande no era nada más que una derrota para mi, la perdida ante la batalla que había librado toda mi vida, la de hallar a mi padre y preguntarle por qué había tanto misterio en cuanto a su identidad. –Alonzo, mi amor… Sostuvo mi madre con lágrimas en los ojos, quizá de la culpa o del miedo. Tiziano, en cambio, se cruzó de brazos observándome sin miedo a la amenaza que acababa de darle. Parecía tan segu

