Capítulo 2

1119 Words
Ella asintió: —Desde que somos estadounidenses, los Flores han servido a este país con orgullo como marines. Mi padre murió en la Tormenta del Desierto. Mi abuelo en Vietnam. Y las generaciones anteriores sirvieron en Corea y en ambas guerras mundiales. Así que sí, sabemos lo que hay que hacer. —¿Pero tú no? Ella se rió—Mi abuela me mataría. Dice que ya hemos dado suficiente de nuestros hombres, que no necesitan también a nuestras mujeres. —Mujer sabia, tu abuela. —Ella es así. ¿Y ahora qué? Te vas con ese resentimiento. Puede que solo esté en mi segundo año de psicología, pero hasta yo sé que esa no es una buena combinación. Entonces se echó a reír, y su risa resonó en el restaurante vacío. —Serás una psiquiatra de primera. Me redujo la cabeza la mejor jovencita, y ellos podrían aprender de ti—. Se llevó otro bocado a los labios mientras la observaba con más detenimiento. Cuando terminó y bebió más café, miró fijamente la mesa: —La verdad es que esta noche fui a Hollywood. Pensé en emborracharme y encontrar una prostituta—, hizo una pausa y la miró, —una prostituta para ahogar mis penas. Ella asintió—Supongo que no funcionó. Negó con la cabeza—Ninguno me atraía. De hecho, me revolvían el estómago. Esta vez se encogió de hombros—Quizás lo que necesitas no es ese tipo de consuelo. Volvió a reír—Señora, acabo de pasar nueve meses solo para descubrir que mi mejor amigo se acostaba con mi mujer. Me quedan al menos otros seis meses sin una mujer de verdad. Oh, créame, ese es el tipo de consuelo que necesito. —Quise decir que tal vez no lo quieres de alguien por quien tengas que pagar. Tal vez solo necesitas un poco de diversión sin ataduras con alguien que te guste—, dijo mientras miraba fijamente esos profundos pozos azules. —Ay, cariño, siempre hay condiciones ocultas. Esta vez se rió—No siempre. A veces dos adultos pueden simplemente acostarse sin juegos mentales ni emociones. Él la miró con el ceño fruncido—No puedo creer que esté teniendo esta conversación contigo, cariño. Pareces la viva imagen de una casa con vallas blancas, furgonetas, media docena de niños, el perro y probablemente uno o dos gatos. Se rió de la precisión con la que había descrito todo lo que más deseaba en la vida. Y una cosa estaba segura: esa descripción no incluía a un marine. Como decía su abuela, la maldición familiar terminaba con ella. Pero aun así, desde el momento en que aquel tipo entró en la cafetería, algo en él la atrajo. Algo que le revolvió el estómago como no lo había hecho en mucho tiempo, bueno, la verdad es que nunca. Lo deseaba. Aunque solo fuera por esa noche. —Así que, si pensabas contratar a un profesional, supongo que ya compraste los condones. Ella lo observó mientras él escupía el café, pero asintió. —Entonces déjame pagar y me acompañas a casa, cabeza hueca—. Se levantó del reservado, pero esta vez, en lugar de simplemente recoger su plato vacío, se inclinó para que él pudiera apreciar sus generosos pechos de copa B. Frunció el ceño un instante antes de encogerse de hombros de nuevo. —A caballo regalado no se le miran los dientes—, decía siempre mi abuelo. —Bueno, esa no es mi boca y yo no soy ningún caballo —pronunció con un movimiento extra de su redondo trasero enfundado en los ajustados vaqueros. —No, señora. Usted no lo es —dijo mientras se ponía de pie. Alicia tardó el doble de lo normal en contar, perdía la cuenta cada vez que miraba al hombre que la esperaba junto a la puerta. Él contemplaba la fresca noche del desierto. Estaba segura de que su mente debía de estar tan confundida como la suya. Esto no era propio de ella. Claro que no era ninguna virgen, no es que quisiera que su abuela lo supiera. Pero había perdido la virginidad en el instituto con su novio de toda la vida y, en los últimos años, se había acostado con algunos chicos más. Pero el sexo casual no era lo suyo. La relación sin ataduras de la que se había jactado ante este hombre sería una experiencia nueva para ella. Suspiró, pensando si podría hacerlo. Sí, se sentía atraída por él. Más que por nadie. Pero aun así, como él la acusaba, ella era la típica persona tradicional y comprometida. Así la habían educado. Y esto de las relaciones sin ataduras le resultaba inconcebible. Metió el resguardo del depósito en la bolsa con el dinero y la cerró. Se la guardó en el abrigo y se acercó a donde él estaba junto a la puerta. —¿No me digas que haces eso cuando estás sola? —preguntó frunciendo el ceño con evidente preocupación. Se encogió de hombros—El banco está a solo un par de puertas y este es un pueblo pequeño—. Alicia sonrió mientras se inclinaba y le daba un beso en los labios. —Pero gracias por preocuparte—. Lo decía en serio. De alguna manera, eso le quitó hierro al asunto de la relación sin ataduras. Entonces se dio cuenta de que ni siquiera sabía el nombre del hombre. Reflexionó sobre ello mientras salían. Buscó a tientas la cerradura hasta que encajó y luego señaló con la cabeza el banco que estaba a un par de puertas calle abajo. ¿Debía preguntar? Era escandaloso acostarse con un hombre cuyo nombre ni siquiera conocía. No acostarse, se corrigió. Tener sexo, sexo sin ataduras. ¿Y acaso un nombre no era la atadura más frágil? Si supiera su nombre, ¿no sentiría la tentación de buscar información sobre él en las noticias locales? Dejó la bolsa en el buzón de consigna y se volvió hacia él. —Mi apartamento está justo ahí —dijo señalando al otro lado de la calle, hacia una manzana de casas adosadas. Él asintió y la siguió en silencio. Alicia volvió a darle vueltas al asunto. Cuando miró a su acompañante, vio que tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón y los hombros caídos. Mientras estaban de pie frente a su puerta, él se irguió—Gracias, señora, por la cena y el pastel. Y por su amable ofrecimiento, pero probablemente esto sea una muy mala idea. Ella asintió con la cabeza y dijo en tono de broma—Probablemente, pero ¿no crees que al menos me debes un beso de buenas noches?.
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