Capítulo 5

1229 Words
Sabía que ella se habría quedado charlando. A las tres, el restaurante estaba prácticamente vacío; solo estaban la joven pareja, lo que parecía ser un indigente y él. Bajó aún más la cabeza y se llevó la taza de café a los labios para evitar cualquier conversación. Pero su mente le gritaba un millón de preguntas, quería saber todas las respuestas, sobre todo la más importante: ¿qué hacía ella allí? Jon no se atrevía a arriesgarse. Aquella noche y aquella mujer eran su único recuerdo perfecto. Si supiera la verdad, podría destrozar esa ilusión. Entonces, centró su atención en el hombre sin hogar. —¿Qué más puedo ofrecerte, Steve? Su sonrisa era igual de radiante para aquel hombre al que la mayoría ignoraría y muchos condenarían. Sintió una opresión en el pecho, y no se debía a otro espasmo de los músculos contraídos por las cicatrices que le cubrían la mitad. —Gracias, señora. Pero estoy bien. ¿Cuánto le debo? Se giró y cogió una escoba de la esquina—Si tienes tiempo, a la acera de delante le vendría bien una barrida. El hombre asintió, y Jon habría jurado que sus ojos se nublaron cuando cogió la escoba y desapareció por la puerta principal. Regresó a la cocina para recoger el pedido de la pareja, pero esbozó una sonrisa al pasar junto a él. Sus ojos estaban fijos en ella mientras charlaba con la pareja, asegurándose de que tuvieran todo lo que necesitaban. Entonces volvió a centrar su atención en él. Cuánto había anhelado esa atención aquella noche. Cómo había saboreado esos recuerdos durante los últimos siete años, reviviéndolos una y otra vez en sus momentos más oscuros. Estaba decidido a catalogar cada movimiento, cada palabra, y añadirlos también a su preciado tesoro. Le sirvió más café y trajo el pastel, humeante y con una bola de helado de vainilla. Jon no tenía por qué preocuparse de desviar la conversación, que sin duda seguiría, pues un pequeño torbellino de energía y alegría entró por la puerta, seguido de cerca por la camarera. —¡Mamá, mamá! —chilló la niña con alegría mientras se lanzaba hacia la mujer que él amaba. Sí, en algún punto de la oscuridad de los últimos siete años, Jon había llegado a aceptar que, en una sola noche, se había enamorado perdidamente de una mujer a la que jamás podría tener. ¿Si no, por qué esos recuerdos lo sostenían? Su rostro, el que vio en esa fracción de segundo, que había decidido la vida y la muerte de una docena de hombres. Con el pecho cada vez más oprimido, se repetía que debía alegrarse por ella. Como le había dicho aquella noche, ella era un hogar idílica, con seis hijos, un gato y un perro. Pero el nudo en la garganta le decía que no era tan sencillo. La envidia lo consumía al pensar en el afortunado que le había dado lo que él jamás podría. —¿Qué tal el colegio, Hope? —preguntó radiante, devolviéndole el abrazo. Su mente divagó de nuevo hacia la sensación de estar envuelto en esos brazos, cerca de su calor. —Bien, mamá. Estuvo bueno. ¿Puedo comer helado? Jon soltó una risita ante la normalidad de la situación. Por mucho que le doliera, era lo que ella se merecía. ¿Qué había sido de aquel otro sueño? ¿Acaso importaba? Era evidente que amaba y adoraba a esa personita de cabello rubio ceniza y cálidos ojos marrones como los de su madre. Alicia miró el reloj de la pared y asintió: —Supongo que una cucharada no te quitará el apetito para la cena. ¿Tienes deberes?. —Sí, mamá. Tengo un cuento para leer. La puerta se abrió y el vagabundo entró tímidamente, extendiendo la escoba. —Listo, señorita Alicia. —¡Steve! —chilló la niña con casi la misma alegría que había sentido con su madre. Como antes, corrió a abrazar al hombre, sin importarle su ropa sucia. Parecía que Alicia había elegido un buen nombre para su hija. Sin duda, la esperanza era un rasgo distintivo de esta niña, al igual que lo fue de su madre. Alicia sonrió mientras traía dos tazones de helado de la trastienda e hizo un gesto para que el hombre volviera a sentarse: —Hope tiene tarea, un cuento que necesita leer. ¿Tiene tiempo para ayudarme un poco más? ¿Dejar que se lo lea?. El hombre asintió—Lo que sea por ustedes dos, señorita Alicia. Se afanó un poco más mientras los acomodaba al final del mostrador. Jon se alegró de que su capucha le permitiera observar sin ser visto. Los años le habían sentado bien a la mujer. Se veía casi igual que aquella noche. Quizás sus pechos estaban un poco más llenos, tal vez por haber tenido hijos. Pero definitivamente no debía imaginar cómo le desbordarían las manos ahora. La joven pareja sonrió al verla acercarse a su mesa. Rechazaron el pastel y pagaron la cuenta. Ella limpió la mesa. Jon la observaba atentamente. Guardó cada uno de sus movimientos para más tarde, cuando volviera a estar solo. Solo como siempre lo había estado. Excepto aquella preciosa noche. Escuchó a medias mientras la niña le leía el libro al indigente. Una dualidad de emociones se debatía en su mente y corazón: la alegría de que ella tuviera la vida que le correspondía y una profunda envidia hacia el hombre anónimo y sin rostro que se la había brindado. La historia terminó, y Alicia abrazó a su hija, elogiando sus esfuerzos, mientras le daba las gracias al hombre sin hogar. —Mejor me voy, señorita Alicia—, dijo. —¿Dónde te alojas esta noche, Steve? —Oh, ya sabes, dondequiera que pueda encontrar. Jon la observó mientras ella metía la mano en el bolsillo de su delantal y sacaba algo, presionándolo contra la mano sucia del hombre. —Por toda tu ayuda hoy. El hombre negó con la cabeza. —No, señora, usted ya hace bastante por mí. Siempre me da de comer. —Las lágrimas corrían por sus mejillas sin lavar—. ¡Caramba!, me trata como a un ser humano. Me deja pasar tiempo con su hijita como si fuera normal. —Eres un ser humano, Steve. Un héroe. Y la comida, bueno, esa es nuestra forma de mostrarte nuestra gratitud por todo lo que hiciste, marine. Jon no podía respirar. Era una sensación familiar. A veces se despertaba por la noche, con el tejido cicatricial alrededor de la laringe apretándose hasta el punto de impedirle el paso del aire. Pero esto no era eso. Aquellas palabras, tan parecidas a las que ella le había dicho aquella noche. Lo miró con otros ojos. Un hermano. Un marine. Como tantos otros, a la deriva y perdido. Incapaz de adaptarse a la vida civil, de asimilar lo que habían visto y hecho allí. Ella lo vio. Ella y su hija. A Jon le ardían los ojos. Antes, las lágrimas se le habrían acumulado. Ahora dependía de las gotas para los ojos para evitar que se le irritaran aún más. Aunque, en realidad, daba igual; la sudadera con capucha habría ocultado cualquier lágrima, igual que ocultaba las cicatrices que lo habían transformado. —¿Te duele? —Los pequeños y suaves dedos rozaron su mejilla.
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