Abrí los ojos y la imagen ante mí, tardó en hacerse nítida, el olor a combustible, goma de mascar de frambuesa y perfume de catálogo estaba ahora mesclado con otros; sudor, cerveza, talco para pies.
Cuatro chicos sonreían complacidos a mi alrededor. Uno de ellos me cogió por los tobillos y jaló mi cuerpo hasta que mi pelvis quedó justo en el borde de la cama, mis piernas colgaban, me senté, hundí la barbilla en mi pecho y examiné mi cuerpo ¡Carajo! ¡estaba desnuda! ¿cómo demonios había pasado eso?
Miré a los chicos, se carcajeaban, uno se acercó y me apretó ambos pechos, yo grité y todos rieron.
—¡Ya basta! —una voz autoritaria se alzó sobre las carcajadas. Era Ryan ¡Qué alivio! él me protegería de esos imbéciles —les dije que yo voy primero —anunció mientras se acercaba a la cama. Los demás se apartaron dejándole libre el camino.
Hizo una burbuja enorme con la goma de mascar y el chasquido que produjo al explotarla se me hizo como un ese clic que le indica a quien está bajo los efectos de la hipnosis, que ya es libre de la dominación de su hipnotizador. Vi a Ryan tal como era de verdad.
Aquella pequeña esperanza de ser rescatada se desmoronó encima de mi cabeza y vaya que me golpeó fuerte.
Ryan se acercó y me empujó con ambas manos, dejándome tendida en la cama, se sentó a horcajadas encima de mí y empezó a lamerme el cuello, pasó su lengua asquerosa por uno de mis pezones y gimió satisfecho, intenté empujarlo, pero mi cuerpo no hacía lo que mi cerebro le ordenaba.
Cerré los ojos, pensé en mi madre, en su olor: vino dulce, crema de peinar, mantequilla de maní. Me imaginé a su lado y traté de hacerlo nuevamente; pensar en un lugar y aparecer ahí por arte de magia, como cuando tenía cuatro años.
Recordé ese vuelo en el que llegamos a lo que hoy es nuestro hogar; mi madre se había quedado dormida, yo escuchaba el aullido de un cachorro, entendía su miedo y su desesperación, cerré los ojos y deseé estar ahí, en aquel entonces había funcionado; había aparecido en la bodega del equipaje, había consolado al cachorro y después no había podido volver a la cabina del avión.
Aquel día descubrí mis poderes, o al menos uno de ellos, pero no lo había podido repetir por más que lo había intentado.
Abrí los ojos, seguía en el mismo sitio; acostada en la cama, el cuerpo de Ryan contoneándose sobre el mío, presionando mi pecho, causándome una leve sensación de asfixia.
Todos los chicos a mi alrededor reían y entonces mi miedo se convirtió en ira, solo quería salir a divertirme, había confiado en Ryan y él había traicionado esa confianza, no era el chico dulce y amable que había aparentado ser, era un maldito enfermo, deseé matarlo, deseé matarlo enserio.
Mis mejillas empezaron a arder mientras esos sentimientos de ira hervían en mi pecho.
La rabia y el odio crecían hasta volverse incontenibles dentro de mí, ardía, dolía como si me arrancaran la piel. No pude soportarlo, un grito salió de mi garganta y yo misma sentí terror del sonido que produjo, el cuerpo de Ryan salió volando como si fuera un pedazo de nada, chocó contra la pared y cayó al suelo.
Los demás chicos corrieron hacia él, movieron su cuerpo inconsciente, me miraron atónitos y corrieron hacia la puerta, pero no pensaba dejarlos escapar; uno a uno, fueron impactando contra las paredes de la habitación, cayendo al suelo con unos cuantos huesos rotos, podía escucharlos crujir, uno gemía de dolor, los otros perdieron la conciencia.
Me puse de pie y no me molesté en revisar sus signos vitales, me daba igual si estaban muertos, si era así, lo merecían.
Cogí mis bragas y mis vaqueros, y me los puse. No conseguí mi sujetador y me enfadó la idea de que quedara por ahí y se convirtiera en un recuerdo para esos imbéciles, pero no quería estar un segundo más en aquella habitación.
Me enfundé la camiseta negra. Mis senos son pequeños y siempre he tenido una fascinación por la ropa holgada. Así que andar por ahí sin sujetador no era la gran cosa; nadie lo notaría.
La fiesta continuaba como si nada. Me preocupó pensar en cuántas chicas habían pasado por lo mismo sin poder defenderse como yo lo había hecho.
El camino de vuelta era de dos horas a pie, traté de contenerme durante un buen rato, pero no pude evitar llorar y como si el cielo me acompañara en mi llanto, no dejó de llover durante todo el trayecto.
Tal vez era mejor quedarme en casa y no salir jamás, si eso era lo que hacían las personas en el mundo exterior, no quería estar cerca de ellos. Prefería mi soledad, mis películas y series, a mi madre y su olor a vino dulce y crema de cabello y mantequilla de maní.
Me detuve a un par de metros de la puerta al percibir un olor desconocido: unos tonos de madera quemada mesclados con café, menta y cuero ¿visitas? Nadie nos visitaba nunca, éramos las raras del pueblo, las que no hablaban con nadie, si viviéramos en la época medieval de seguro nuestros vecinos nos hubiesen acusado de brujería y quemado en la hoguera.
Busqué las llaves en el bolsillo trasero de mis vaqueros, no estaban. Pensé en entrar por la ventana de mi habitación, pero entonces noté que la puerta estaba abierta. La empujé con temor y el antiguo reloj de péndulo de la sala dio una campanada, no pude contener mis gritos cuando vi a mi madre; (dos campanadas) su cuerpo pendía del techo, sujeto por una soga que rodeaba su cuello (tres campanadas) Sus ojos abiertos parecían mirarme fijo. Se había suicidado, mi madre se había colgado y yo no había estado para impedirlo. Estaba muerta y era mi culpa. (cuatro campanadas)
Me desvanecí. Me quedé tendida en el suelo con la mente embotada de suposiciones ¿qué hubiese pasado si me hubiese quedado? (cinco campanadas) ¿qué hubiese pasado si hubiera llegado un par de horas antes de esa maldita fiesta? ¿qué pasaría si volviera a la fiesta e hiciera explotar los órganos de Ryan uno a uno? (seis campanadas) un dolor indescriptible atravesaba mi pecho, me costaba respirar, me costaba pensar con claridad, mis latidos se aceleraron se descontrolaron hasta hacerme sentir que mi corazón explotaría. (siete campanadas)
El teléfono empezó a sonar. Era el móvil de mi madre, me paré de golpe y seguí el zumbido hasta el baño. (ocho campanadas)
—¿Ana? ¿estás bien? —era la voz de ese hombre con el que mi madre había hablado antes; Ezequiel. Yo no hablé —Ana, por favor contesta —suplicó desesperado, de seguro escuchaba mi respiración agitada. (nueve campanadas)
—Ana murió —esas fueron las palabras que salieron de mi boca y tuve la sensación de que mentía cuando las dije, tal vez necesitaba volver a la sala y ver a mi madre colgada del techo como un embutido. (diez campanadas)
—¡¿Qué!? ¿quién eres? ¿qué le has hecho a mi hermana? ¿te juro que si le hiciste daño lo vas a pagar (once campanadas)
¿Su hermana? No sabía que mamá tuviera un hermano.
Doce campanadas... el peor cumpleaños de mi vida acababa de terminar, el peor día de mi vida acababa de terminar, mi vida como la conocía acababa de terminar. El olor a muerte se disolvía en mis pupilas mientras pensaba en mi deseo de cumpleaños, el que siempre pedía con anhelo al soplar las velas: “ser libre” ¿era esa la respuesta a mis súplicas? ¿era la forma en que se cumpliría mi deseo? Me sentí estafada.
Me recosté de la pared, el frío de los azulejos me heló la espalda, me deslicé hasta caer sentada y me acurruqué al lado del inodoro. Lloré hasta quedarme dormida.
—Hola cariño, despierta —una voz suave me hablaba mientras alguien estremecía mi pierna —¿estás bien? —preguntó y al abrir los ojos, una mujer uniformada estaba parada frente a mí, detrás de ella, un hombre me apuntaba con un revolver. La mujer le hizo una seña y él enfundó el arma.
—¡Mi madre! Mi mamá, ella está... —no sabía qué iba a decir, no sabía si lo había soñado todo, tal vez había sido una maldita pesadilla.
—Lo siento cariño —dijo la oficial y supe que no lo había soñado, realmente había ocurrido —ven, levántate. La mujer tomó mi mano y me escoltó a la salida.
La sala estaba llena de uniformados con guantes que iban y venían, tomando fotografías, haciendo anotaciones y poniendo mi casa de cabeza. Todos me miraban con lástima.
Los días siguientes fueron una mierda; revisiones médicas, contestar preguntas en la comisaría, el funeral, recoger mis pertenencias y mudarme a un hogar provisional; yo era menor de edad y no tenía a ningún familiar que se hiciera cargo de mí, o al menos eso creía. Era huérfana y los huérfanos del pueblo iban a un lugar: el orfanato de Sarajevo.
Entré a casa en compañía de una trabajadora social, ella sonreía de oreja a oreja como pretendiendo que su fila de dientes amarillentos me animaran de algún modo.
—No lleves muchas cosas —me dijo con un tono suave— lleva solo lo necesario, todo lo demás que desees conservar, puedes embalarlo en esas cajas —señaló hacia una pila de cajas en la encimera de la cocina —lo guardaremos y te lo entregaremos cuando alguien te adopte.
—¡¿cuándo alguien me adopte?! —le pregunté con la voz cargada de reproche —¡quien adoptaría a una chica de diecisiete años? —los ojos de la mujer se abrieron como platos. Por un segundo me sentí mal por ella, en realidad no era su culpa que yo estuviera en esa situación. Pero no tenía a quién culpar... tendría que ser ella la que recibiera mi descarga de ira.
—Es poco probable, pero no imposible —dijo ella forzando esa sonrisa insoportable.
Puse los ojos en blanco y subí a la habitación. No quería hacerle a esa mujer lo mismo que a Ryan, la noticia de su misteriosa muerte había sido un escándalo en el pueblo, nadie vio nada.
Sus amigos no se habían atrevido a acusarme, después de todo, ¿qué iban a decir? ¿Que intentaban v****r a una chica que les dio una paliza a todos sin siquiera tocarlos, usando una especie de poder psíquico? Eso no iba a oírse bien por ningún lado
Llené un pequeño bolso con algo de ropa; un par de vaqueros rasgados y unas cuantas camisetas, ropa interior, calcetines y tenis converse de tela.
Salí de mi habitación y entré a la de mi madre. Estaba impregnada de ese olor a madera, cenizas y cuero, estaba echa un desorden. Revisé sus cosas, su ropa, sus joyas, cogí una cadena con un pequeño medallón dorado, la colgué en mi cuello y me admiré en el espejo.
Seguí rebuscando entre las cosas por un buen rato hasta que di con una caja escondida al fondo de su closet, dentro de ella había fotografías de su infancia y de su adolescencia, era la primera vez que las veía, pero no les di mucha importancia. Un libro rojo llamó mi atención y al abrirlo, un escalofrío me atravesó el pecho, la primera página estaba escrita con la letra de mi madre.
“No tengas miedo, pequeña
Cuando no esté yo a tu lado
Alimenta el fuego con leña
Que no se hielen tus manos.
No tengas miedo al invierno
Ni al silbido del viento.
Con esta canción te bendigo
Cierra los ojos y reza:
“no tengo miedo al wendigo”
Los clanes pelean conmigo.
No tengas miedo, pequeña,
Cuando golpee la hambruna
Acurrúcate en tu lecho
Pide clemencia a la luna.
No tengas miedo al invierno
Ni al silbido del viento”
Cada vello de mi cuerpo se erizó al leerlo, podía escucharla cantar esas letras, podía sentir su voz como un eco en mi cabeza. Era esa la melodía aterradora que entonaba cada mañana mientras me peinaba. Pero entonces, no me dio miedo, sentí una sensación de calma y seguridad
—Lo siento cariño —dijo la trabajadora social asomada con timidez en el umbral de la puerta —sé que es duro dejarlo todo, pero nos esperan, he recibido una llamada del orfanato y te tengo una excelente noticia.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —no imaginaba cual podía ser una buena noticia en ese momento
—¡Te adoptarán! —anunció con desbordada emoción —¡ya han puesto en marcha el papeleo!
—¡¿Qué!? ¿cómo es eso posible? ¿cómo puede alguien adoptarme tan rápido? ¿acaso no hacen una evaluación previa? ¿me entregan a cualquier persona como si fuera un trasto? ¿es así de simple? —no sabía por qué estaba tan enfadada
—Se trata de un familiar de tu madre, quiere hacerse cargo de ti y al parecer es una persona muy influyente.
¡¿un familiar!? Mi madre nunca habló de un familiar. Volví la mirada hacia las fotos viejas y vi una de ellas; mi madre abrazaba a un chico de piel canela y ojos color miel, muy parecido a ella. Parecían hermanos...¡hermanos! ¡sí! ¡Mi madre tenía un hermano! Ezequiel ¿era él el familiar influyente que quería adoptarme?