—Mateo muévete, o se nos va a hacer muy tarde.
—Ya voy hermana.
La señora Clara fue la noche anterior para decirle que su jefe le haría la entrevista por teléfono, le hizo una video llamada a su jefe y hablo con Fiona de su experiencia y si no tenía problema en empezar de inmediato. La mañana llega con un cielo despejado, pero la luz dorada del sol se sentía casi intimidante mientras se acercaban a su nuevo destino ya sea para salvación o perdición. Pero cuando le propusieron mil dólares al mes, su dieta, hospedaje y cubrir la colegiatura de su hermano, sintió que un ángel la bendecía.
Fiona no podía evitar que su corazón latiera con nerviosismo en cada paso que daba, y Mateo, a su lado, miraba todo con una curiosidad inocente que hacía que todo el peso del momento pareciera un poco más ligero.
Montados en un viejo pero confiable taxi, ( el más económico que pudo pagar)el viaje hasta la mansión fue corto, aunque Fiona sintió que cada segundo se sentía más y más como una eternidad.
—¿Estamos ahí ya? —pregunta Mateo con una sonrisa, moviendo su pequeño camión de juguete de un lado a otro en el asiento.
Fiona mira por la ventana y siente una mezcla de ansiedad y asombro cuando vio el horizonte abrirse paso entre los árboles. La mansión era majestuosa, enorme, con un diseño clásico que combinaba elegancia y misterio en igual medida.
Desde donde estaban, podía ver los detalles de la arquitectura: columnas de mármol, techos puntiagudos, un jardín amplio y perfectamente cuidado, y un par de autos de lujo estacionados en la entrada. Clara le había dado la dirección con anticipación.
—Sí, Mateo, ahí está —responde con una voz suave, intentando mantener la calma—. Vamos a conocer nuestro nuevo hogar.
El taxi se detuvo en la entrada de la mansión, donde un amplio camino de adoquines los lleva directamente hasta la entrada principal. La mansión era tan grande que se sentía como si estuvieran en otro mundo, uno que no tenía nada que ver con el frío apartamento que habían dejado atrás.
La puerta se abre casi de inmediato, cuando el taxi los dejó. Una figura alta y elegante, con cabello canoso y una sonrisa amable, los recibió. Era el mayordomo de la casa, de nombre Edgar. Sus movimientos eran precisos, una apariencia profesional y pulcra, su presencia fue tan imponente que Fiona casi se sintió pequeña ante él.
—Señorita Fiona… señorito Mateo —dijo con una voz firme pero educada—. Bienvenidos a la Mansión Cross. Estoy seguro de que se sentirán como en casa muy pronto. Por favor, pasen.
Fiona sintió cómo el nudo de nervios en su estómago aumentaba con cada paso hacia el interior de la casa. Pensó que tal vez el mayordomo se habrá equivocado al nombrarlos así, ya que trabajarían algo parecido a él, una mucama.
El mayordomo los condujo hacia una pequeña sala de espera. No era particularmente grande, pero tenía una decoración elegante, con sillones de terciopelo rojo, una chimenea apagada y un pequeño escritorio donde había café servido y flores frescas.
—Por favor, esperen aquí. El Sr. Cross los recibirá—informa Edgar, y con una inclinación educada de cabeza, se retiró.
—¿Y la señora Clara?
—Ella vendrá en un momento.
Fiona miró alrededor de la sala mientras intentaba contener sus nervios. Mateo ya estaba ocupado examinando los adornos en una repisa cercana, por lo que ella aprovechó para ordenar sus pensamientos.
—Mateo no pongas mano, si rompes algo de esta casa tendré que vender un riñón para pagarlo.
—Entiendo hermana.
El ambiente era pesado. No era solo la magnitud de la mansión o la elegancia de cada detalle; había algo en el aire, un sentimiento difícil de identificar que hacía que todo pareciera distante, como si cada paso que dieran los llevara a una realidad diferente.
—Vamos a estar bien, Mateo. Confía en mí —murmuró, con un intento de optimismo que sonó más para sí misma que para el pequeño.
Unos momentos después, una voz profunda rompió el silencio de la sala.
—Por favor, pasen al despacho adjunto.
El mayordomo Edgar estaba nuevamente frente a ellos. Detrás de él, se veía una puerta de madera oscura.
—El Sr. Damien Cross los espera —anunció con voz formal.
Fiona sintió un escalofrío de anticipación mientras se levantaba. Con un rápido gesto a Mateo para que la siguiera, se dirigió hacia la puerta.
Al abrir la puerta, se encontraron con un hombre de unos sesenta años, alto, delgado, con cabello canoso que aún conservaba algo de brillo. En el despacho, el aire era diferente: formal, fuerte y marcado por el aroma de un cigarro recientemente apagado. Sentado detrás de un escritorio de madera oscura, con sus cabellos entrecano y ojos claros, se encontraba Damien Cross, el patriarca de esta enorme mansión. Era un hombre alto, de aspecto fuerte y recto, con líneas de cansancio en su rostro.
Al verlos entrar, Damien levantó la mirada y los observó detenidamente.
—Ah, por fin llegaron. Gracias por venir, señorita Moreno—Su voz era grave y pausada. Con un gesto de la mano, les indicó que se sentaran.
Fiona se acomodó en la silla, manteniendo a Mateo a su lado. Sintió cómo el peso de la situación le oprimía el pecho.
—Yo soy Damien Cross, ya me conocen por video llamada.
Fiona asintió, nerviosa. La presencia de ese hombre se sentía en el aire, como un peso invisible, un recordatorio de lo que significaba estar allí. Sus ojos eran claros, severos, pero no hostiles.
La oficina era espaciosa y elegante, con una enorme biblioteca, un escritorio de madera oscuro y varios detalles que sugerían que aquel hombre había dedicado su vida no solo al trabajo, sino a un mundo lleno de exigencias y formalidades. Detrás de ese escritorio, Damien Cross parecía un hombre que tenía el peso de todo un imperio a sus espaldas.
—Gracias a usted por recibirnos.
—Escuchen. Sé que la situación para ustedes no será fácil —comienza, con una mirada directa y una voz calmada pero con una autoridad innegable—. Mi hijo es… un tanto difícil. Un hombre fuerte, mandón, adicto al trabajo y muy exigente a sus 26 años, se comporta más bien como un anciano decrépito.
—Entiendo...eso no será problema. He trabajado con jefes muy exigentes.
—Si, la señora Clara me dijo que a tus veinte tienes en tu currículum muchos trabajos de medio tiempo, diferentes horarios y muy exigentes. Los anteriores empleados que hemos tenido han renunciado rápidamente, y algunos han sido despedidos sin aviso. Espero que ese no sea tu caso.
Fiona se quedó en silencio, sin atreverse a interrumpir.
—Les confieso que estoy cansado de esta situación —continuó el Sr. Cross—. Pero les aseguro que tendrán mi apoyo. Haré lo necesario para asegurar que sus esfuerzos sean recompensados, siempre y cuando tengan la paciencia para lidiar con mi hijo, Lex. Te daré potestad sobre todo en la casa de mi hijo, cuando tengas más conocimiento de todo podrás disponer como te plazca. Solo te pido lealtad y confidencialidad.
El Sr. Cross los miró con una intensidad impresionante.
—Lo entiendo completamente.
—Si logran manejar la situación, le daré a su hermano pequeño, la oportunidad de asistir a la escuela cercana, es de muy buen prestigio. Por eso le ruego, por favor, que tenga paciencia con mi hijo, se que lo consentí mucho luego de la muerte de su madre y hoy pago las consecuencias aunque en el fondo es un buen chico y es muy inteligente para lo que le conviene.
Fiona traga saliva, no puede creer lo contradictorio que se veía el señor delante de ella al hablar de su unigénito. Su mente corría, intentando entender la magnitud de lo que escuchaba.
—Entiendo. Lo cuidare bien. Estaré pendiente de todo y haré un buen trabajo.
—Estará bajo mucho estrés. Esta es una familia exigente, pero quizás con un poco de tolerancia y tiempo puedan ayudarlo a que su vida sea más fácil. No lo escuche si dice que está cancelada. El es muy impulsivo y quisquilloso.
Mateo miró a su alrededor, ajeno a toda la conversación, mientras jugueteaba con una pequeña figurita de madera que había sacado de su mochila. Fiona se sentía entre la espada y la pared, con el peso de tantas expectativas a su alrededor.
—Si su hijo me despide… —susurra ella, con una voz apenas audible.
Damien se inclina hacia adelante en su silla, cruzando las manos.
—Le ruego que sea fuerte y tolerante. Alguien que no se asuste fácilmente. No es una cuestión de favoritismos, señorita Moreno, es simplemente una necesidad. Mi hijo es… exigente, pero también necesita alguien que lo entienda y lo ayude con sus necesidades, como anudar una corbata.
Fiona pensó en todo lo que estaba en juego. No solo su futuro, sino el de Mateo. Aquella oportunidad era su única salida para estabilizar sus vidas, darle un mejor futuro a su hermano y salir de la pobreza.
—Lo entiendo, Señor Cross —responde finalmente, con una firmeza que intentó sostener para no dejar que la duda la consumiera.
El hombre mayor asintió con una sonrisa escueta y luego se levantó de su silla.
La presión en sus hombros nunca había sido tanta.
Fiona se inclina hacia adelante con una mezcla de temor y determinación. El Sr. Cross asintió con la cabeza, una ligera sonrisa de alivio apareciendo en su rostro.
—Entonces, bienvenidos a la Mansión Cross. Espero que puedan hacer de este su nuevo comienzo, Edgar te guiará a la pequeña casa del jardín, donde vive mi hijo—concluyó, con la voz más suave— Pueden instalarse cuando gusten. Le diré a Clara que ayude con tu uniforme, como le dije por teléfono su pago caerá en la cuenta que me proporcionó cada quince dias.
—Muchas gracias, no lo defraudaré.
El mayordomo los condujo de regreso al vestíbulo y los guió hacia la casa alejada, al fondo del enorme jardin. A pesar de todo, sentía un pequeño nudo de esperanza. Al menos, había dado un primer paso.
El mayordomo abrió la puerta y los invito a entrar. El aroma a café y a madera pulida colgaba en el aire de la lujosa casita, cuando Fiona entró por primera vez. A su alrededor, el diseño rústico de la pequeña casa era acogedora, suelos en madera, muy minimalista. Muy diferente a la mansión principal. Su antiguo apartamento era más pequeño que la sala, la casa de 85 metros de dos niveles, estaba distribuida metódicamente.
Fiona mira a Mateo, quien mantenía un silencio, mientras observaba todo con sus pequeños ojos asombrados.
—Vamos, cariño —susurra Fiona con voz suave, dándole la mano. Este será nuestro hogar indefinidamente.