—¿Te has dejado tus gafas en casa? —le pregunta ella al verle la cara mientras intentaba abrir una ventana medio rota sin hacer ruido y poder entrar por la parte de atrás del psiquiátrico. —Tienes razón, ya decía yo que veía un poco mal —contesta George. —Pero no te preocupes, solo las utilizó para leer y escribir —forcejeaba poco a poco los cerrojos de la ventana hasta que logró desarmarla y colocarla de su lado en el suelo. —Ven, parece que no hay nadie. —No creo que debamos —Savannah estaba completamente asustada. —Si quieres puedes ir a casa —George ya se había metido por la ventana. Miró a los lados, pero no parecía haber nadie. —Pero seguro que te has topado con algún hecho extraño en esta ciudad y no querrás que lo que le sucedió a mi madre pueda pasarles a tus padres. —No —neg
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