Acompañamos la comida con la jarra de té y, tras retirar los platos, nos pusimos manos a la obra. El mapa estaba desplegado y mostraba el camino que debía seguir: cuarenta kilómetros de selva para llegar al escondite de un tal José Hernández. Había estudiado los mapas y las imágenes aéreas durante el vuelo y el trayecto, así que estaba lo más familiarizado posible con ellos. Llevaba un pequeño GPS en la mochila programado con ese objetivo y las coordenadas de esta casa, además de otros cincuenta posibles puntos de retorno. Si no lograba regresar a la casa segura, debía dirigirme a uno de los tres puntos designados y pedir que me recogieran. Si no regresaba en diez días, asumirían que estaba muerto. Al tenía varias cajas de dispositivos electrónicos portátiles que usaba para monitorear la

