Luciana Camisa blanca con rayas finas azules, mangas arremangadas, metida en pantalones oscuros. Cinturón de cuero marrón claro y zapatos a juego. También llevaba un reloj de oro, que fue lo que primero llamó mi atención. Reconocí ese reloj tanto como reconocí su cabello cuidadosamente peinado y su cuerpo fuerte y atlético. Excepto que no podía ser él. Eso sería una coincidencia imposible. Algo tan loco que nadie creería que pasara en la vida real. Entonces levantó la cabeza, y aun con la luz tenue, pude ver esos brillantes ojos azules. Vaya, maldita sea. Me giré tan rápido que casi tumbo a Mai. Le agarré el brazo, apretándolo en mi pánico por salir de su línea de visión. —¡Eh, oye! —dijo ella—. ¿Qué pasa? Aflojé un poco el agarre. —Nada. —No estás bailando. Nada como ver al chico

