—¿Llevarse bien?— él se rió entre dientes. —Elena, te das cuenta de lo que eres, ¿verdad? Eres una mascota, no mi puta novia. Por tu bien, deberías seguir las reglas y actuar como si tuvieras sentido común. —Así que cállate y sé tu esclava s****l entonces—, dije, cruzando los brazos sobre el pecho. —Si eso es lo que quieres interpretar—, dijo encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza. —¿Estás tan en contra de ser vulnerable que eliges ser un imbécil en todo momento?— Yo pregunté. —Ser vulnerable es una debilidad—, dijo. —No, no lo es, pero tu masculinidad tóxica te hará creer eso—. —Entonces, ¿en qué me convertiría eso?— preguntó con una sonrisa. —Maldito humano, Matteo. No eres una maldita máquina sin emociones. Tus pesadillas demostraron que alguna vez te preocupaste por algo.

