—No puedes castigarla por lo que hice—, exclamó Elena, su voz con un aire de pánico. —Sí, puedo. Y lo haré—, dije, arrastrando a Elena hacia la silla sentada al otro lado de la habitación. Solo le até los brazos antes de sacar mi arma de mi cintura y apuntarla. —Puedo confiar en que no te levantarás de esa silla, ¿no?— Ella me miró fijamente, pero no respondió. Ladeé la cabeza hacia un lado. —¿Bien?— —Sí—, se obligó a decir. —¿Si que?— —Sí, señor—, dijo. Devolví el arma a su lugar antes de acercarme a la mesa de madera y tomar una hoja de afeitar. —Estoy seguro de que esto te resulta familiar, ¿no?— Bromeé, permitiendo que la luz de la habitación brillara en el metal. —Esto es lo que usaste para cortarte las venas—. Cuando sus ojos se abrieron y miró a la mujer frente a ella, me reí e

